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Queridos hermanos y hermanas: hoy vivimos una celebración muy especial. La Iglesia nos invita a contemplar la multitud de los santos y, al mismo tiempo, nuestra comunidad de Empedrado celebra con alegría la consagración de este templo dedicado a Nuestro Señor Hallado, donde serán depositadas las reliquias de san Valentín. Hoy se encuentran tres realidades: la santidad de Dios, la santidad de su pueblo y la santidad de este lugar que consagramos para su gloria.
1. La santidad es nuestra vocación
La primera lectura del Apocalipsis nos presenta una imagen maravillosa: una multitud inmensa, de todas las naciones, pueblos y lenguas, reunida delante del trono de Dios. No son solamente los santos que conocemos por sus nombres. Allí están también tantos hombres y mujeres sencillos que vivieron el Evangelio en silencio: madres y padres de familia, trabajadores, jóvenes, ancianos, personas que supieron amar y servir. La santidad no es un privilegio reservado a unos pocos. Es la vocación de todos los bautizados.
San Juan nos recuerda algo extraordinario: «¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente». Somos santos no porque seamos perfectos, sino porque Dios nos ama, nos llama y nos transforma con su gracia.
2. Un templo consagrado, un pueblo llamado a ser santo
Hoy consagramos este altar, espacio destinado de manera permanente al encuentro con Dios. Hay algo que no podemos olvidar: Dios no quiere habitar solamente en edificios de piedra; quiere habitar en el corazón de su pueblo.
Este templo será verdaderamente un signo de la presencia de Dios porque aquí encontramos consuelo, perdón, fraternidad y esperanza. ¡Qué hermoso sería que cada persona que entrara en esta iglesia pudiera decir: «Aquí me siento recibido, aquí encuentro a Dios, aquí puedo comenzar de nuevo»!
El nombre de esta parroquia, Nuestro Señor Hallado, nos ofrece una imagen muy significativa. Aquí venimos a encontrarnos con el Señor, pero descubrimos algo todavía más hermoso: es Él quien primero sale a nuestro encuentro. Y cada vez que lo encontramos verdaderamente, nuestra vida comienza a cambiar.
3. Las reliquias de san Valentín: una memoria viva de fidelidad
La colocación de las reliquias de san Valentín en el altar nos recuerda que nuestra fe no es una idea abstracta. Es una vida entregada, un amor hecho testimonio. Los santos nos enseñan que vale la pena vivir por Cristo y permanecer fieles a Él.
Desde los primeros siglos, la Iglesia celebra la Eucaristía sobre las tumbas de los mártires. Hoy, al depositar estas reliquias, expresamos nuestra comunión con quienes nos precedieron en la fe. Recordemos que veneramos las reliquias para renovar nuestro compromiso de vivir el Evangelio en el presente.
4. Las bienaventuranzas: el camino hacia la santidad
En el Evangelio, Jesús nos presenta el verdadero camino de la santidad: las bienaventuranzas.
Felices los pobres de espíritu, los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los limpios de corazón. Jesús no nos propone una santidad alejada de la vida cotidiana. Nos invita a ser santos en nuestras familias, en el trabajo, en el barrio, en nuestras relaciones. Una comunidad santa es una comunidad que aprende a vivir las bienaventuranzas. La consagración de este templo es también una invitación a renovar nuestra propia consagración bautismal.
Queridos hermanos, hoy no solamente consagramos una iglesia: renovamos el compromiso de ser una Iglesia viva. Que este templo sea casa de oración, escuela de fraternidad y puerta abierta para todos. Que san Valentín interceda por esta comunidad y que María Santísima nos acompañe en el camino de la santidad y que un día también nosotros podamos formar parte de aquella multitud inmensa que canta eternamente la gloria de Dios.
Amén.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm
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