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Queridos hermanos y hermanas: celebramos con alegría la fiesta patronal de San Cosme y San Damián, después de haber recorrido estos días de novena bajo un lema muy hermoso: “Guiados por san Cosme, peregrinemos hacia la santidad”. Y la Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos ayuda a comprender que la santidad es precisamente eso: un camino, una peregrinación, una respuesta cotidiana a Dios.
El profeta Ezequiel nos recuerda algo fundamental: siempre es posible volver a empezar. Dios no nos encierra en nuestro pasado. Si alguien reconoce su pecado, cambia de conducta y vuelve al Señor, encuentra vida. Qué consolador es saber que, mientras caminamos, Dios siempre nos ofrece una nueva oportunidad. Por eso, ser peregrinos hacia la santidad significa dejarnos transformar por Dios. No se trata de ser perfectos de un día para otro. Se trata de levantarnos, corregir el rumbo y seguir caminando.
San Pablo, en la carta a los Filipenses, nos muestra cuál debe ser el corazón de este camino: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. Y nos presenta a Jesús que no busca privilegios, sino que se despoja de sí mismo, se hace servidor y se entrega por amor. Aquí encontramos una imagen muy hermosa para nuestra fiesta: unas manos que curan.
San Cosme y San Damián, según la tradición cristiana, fueron médicos y mártires. Pusieron sus conocimientos al servicio de los enfermos y de quienes sufrían. Comprendieron que la fe no podía quedarse solamente en palabras. Había que convertirla en servicio, cercanía, consuelo y cuidado.
También nosotros estamos llamados a tener manos que curen. Quizás no seamos médicos, pero todos podemos aliviar alguna herida. Una palabra puede sanar. Una visita puede sanar. Escuchar con paciencia puede sanar. Perdonar puede sanar. Acompañar a alguien que está solo puede sanar.
Y el Evangelio nos presenta a los dos hijos. Uno dice “no”, pero después se arrepiente y va. El otro dice “sí”, pero finalmente no cumple. Jesús nos enseña que la fe verdadera no consiste solamente en decir palabras bonitas, sino en hacer la voluntad del Padre. Podríamos preguntarnos hoy: ¿cuántas veces decimos “sí” a Dios con los labios, pero nuestra vida después toma otro camino? La santidad comienza cuando nuestro “sí” se hace concreto.
“Guiados por san Cosme, peregrinemos hacia la santidad”. Peregrinar significa caminar. Y quien camina puede cansarse, equivocarse e incluso detenerse. Pero lo importante es no abandonar el camino. Que San Cosme y San Damián nos enseñen una santidad sencilla y cotidiana: la santidad de quien sirve sin buscar reconocimiento; de quien cuida al enfermo; de quien se acerca al que sufre; de quien sabe pedir perdón; de quien vuelve a empezar; de quien transforma su fe en obras.
Hoy pidamos una gracia muy concreta: que nuestro corazón tenga los sentimientos de Cristo y nuestras manos aprendan a servir como las de San Cosme y San Damián. Sigamos peregrinando. No estamos solos. Cristo camina delante de nosotros, los santos nos acompañan y nuestros hermanos caminan a nuestro lado.
Y que al terminar esta fiesta podamos llevarnos una convicción en el corazón: la santidad no está lejos; comienza cada día cuando dejamos de decir solamente “Señor, Señor” y nos animamos a responder con nuestra vida: “Aquí estoy, quiero hacer tu voluntad”.
¡¡San Cosme y San Damián, rueguen por nosotros y ayúdennos a peregrinar hacia la santidad, amén!!
† Mons. José Adolfo Larregain ofm
NOTA. A la derecha de la página, en Archiuvos, el texto como Homilía Fiesta Patronal San Cosme 2026, en PDF