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En el marco del VIII Centenario (1226-2026): La Fiesta de la Impresión de las Llagas de San Francisco, Monseñor José Adolfo celebró la eucaristía en el convento de las Hermanas Clarisas. Esta celebración, dijo, invita a una fe concreta y entregada.
En el marco del año jubilar que conmemora los ochocientos años del tránsito de San Francisco de Asís, la celebración de la Impresión de las Llagas se presenta como una profunda invitación a contemplar una vida identificada plenamente con Jesucristo. El Arzobispo presidió la Santa Misa en el Convento de las hermanas Clarias. Más allá de una imitación externa, aseguró en su homilía, el testimonio del Santo de Asís refleja una transformación interior nacida del amor apasionado por Cristo, encarnando las palabras del apóstol San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí».
Las llagas recibidas en el monte Alvernia no constituyen un privilegio ni una distinción personal, sino el signo visible de un camino iniciado mucho antes a través del servicio y la cercanía a los pobres, enfermos y excluidos, explicó monseñor José Adolfo Larregain. Para Francisco, el Evangelio no fue solo un texto de contemplación, sino una forma de vida orientada a la entrega generosa y al abrazo compasivo hacia quienes sufren, afirmó.
Para el Arzobispo, en un contexto actual que frecuentemente evade la fragilidad, el límite y el sacrificio, la figura de San Francisco cobra una renovada vigencia. Su vida recuerda que la verdadera fecundidad nace de la capacidad de cargar con el otro y permanecer fiel en las dificultades cuando está en juego el bien y la dignidad humana. En este VIII Centenario, la festividad renueva el llamado a poner a Cristo en el centro, asumiendo una fe sencilla, fraterna y alegre, capaz de reconocer al Señor en el rostro del hermano y de convertir la propia existencia en una huella viva del amor de Dios.
Compartimos el texto completo de la homilía de monseñor Larregain:
Queridos hermanos:
Celebramos hoy la Fiesta de la Impresión de las Llagas de nuestro padre san Francisco de Asís. En este año jubilar, en el que hacemos memoria de los ochocientos años de su muerte, se nos invita a contemplar el misterio de una vida que quiso identificarse cada vez más profundamente con Jesucristo.
San Francisco no buscó simplemente imitar exteriormente a Jesús. Deseó configurarse con Él desde lo más profundo de su existencia. Por eso resuenan con particular fuerza las palabras de san Pablo: «Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20). Y también las del Evangelio: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga» (Lc 9,23).
Las llagas recibidas en el monte Alvernia son el signo visible de un camino que había comenzado mucho antes. Francisco había aprendido a mirar a Cristo crucificado, a acercarse al pobre, al enfermo, al excluido; había descubierto que el Evangelio no se contempla solamente, sino que se abraza y se convierte en forma de vida.
Las llagas de Francisco nos hablan, entonces, de un amor que se deja transformar. No son una condecoración ni un privilegio personal. Son la expresión de una existencia entregada. Francisco exteriorizó en su cuerpo aquello que primero llevó en el corazón: el amor apasionado por Cristo.
La primera lectura nos recuerda que «yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6,14). La cruz para el cristiano es el camino del amor que permanece fiel, que se entrega, que sabe cargar con el otro y que no huye ante las dificultades cuando está en juego el bien, la verdad y la dignidad de la persona.
Por eso san Francisco sigue siendo tan actual. En un mundo que muchas veces busca evitar todo límite, fragilidad y sacrificio, él nos recuerda que una vida verdaderamente fecunda nace de la entrega: «Porque para mí la vida es Cristo», afirma san Pablo (Fil 1,21). Esa fue también, de alguna manera, la síntesis de la existencia de Francisco.
Celebrar hoy sus llagas es preguntarnos qué huellas de Cristo estamos dejando en nuestra propia vida. ¿Dónde se manifiesta nuestra cercanía con quienes sufren? ¿Qué heridas de nuestros hermanos estamos dispuestos a tocar con compasión? ¿Qué cruces cotidianas abrazamos por amor?
En este VIII Centenario de su muerte, pidamos que Francisco nos enseñe nuevamente a poner a Cristo en el centro. Que su ejemplo nos ayude a vivir una fe sencilla, concreta y fraterna; una fe capaz de reconocer al Señor en el rostro del hermano y de servir con alegría.
Que María, Madre de la Iglesia y humilde Sierva del Señor, nos acompañe en este camino. Y que san Francisco de Asís interceda por nosotros para que también nuestra vida pueda convertirse, humildemente, en un signo del Evangelio hecho carne, en una huella viva del amor de Cristo.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm
NOTA: A la derecha de la página, en Archivos, el texto como Fiesta de la Impresión de las Llagas de San Francisco de Asís 2026, en PDF.