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La iglesia de Corrientes vivió un acontecimiento de gracia el viernes pasado con la ordenación diaconal de Matías Colodro y Sebastián Ramírez. El Arzobispo, monseñor José Adolfo Larregaín, en su homilía destacó que esta ordenación invita a mirar el ministerio desde su corazón más profundo: el servicio. No se trata solamente de asumir una nueva tarea dentro de la Iglesia, sino de responder a una llamada del Señor y disponerse a entregar la propia vida, con humildad y generosidad, al servicio de Dios y de los hermanos, les dijo a los jóvenes consagrado.
En su homilía, nuestro Obispo recuerdó que el diaconado “comienza de rodillas”: ante el altar, pero también ante la vida concreta de cada persona. Allí donde hay una herida que cuidar, alguien que necesita ser escuchado, una familia que acompañar, un pobre que recibir, un enfermo que visitar o un joven que busca sentido, allí está llamado a hacerse presente el corazón del diácono.
En su mensaje, el Arzobispo hizo una invitación a toda la comunidad a acompañar a Matías y Sebastián en este camino, dando gracias por su “sí” y pidiendo que puedan vivir siempre su ministerio como lo hizo Cristo: sirviendo con amor, muchas veces en lo sencillo y silencioso, sin buscar reconocimiento, pero dejando en la vida de los demás una huella de esperanza, consuelo y fraternidad.
Al finalizar, a modo de plegaria, monseñor Larregain encomendó a Matías y Sebastián a la Virgen María, “mujer disponible y servidora”, para que los acompañe y les enseñe cada día a renovar con la vida aquel “aquí estoy, Señor”.
Compartimos el texto completo de la homilía del Arzobispo:
Queridos hermanos: hoy la Iglesia se alegra y da gracias a Dios por la ordenación diaconal de Matías y Sebastián. No estamos simplemente ante la incorporación de dos nuevos colaboradores para las tareas pastorales. Estamos celebrando una llamada, una respuesta y un envío. El Señor los llama a configurarse con Cristo servidor y a hacer de su vida un servicio humilde, generoso y concreto a Dios y a su pueblo.
Las tres lecturas que hemos escuchado nos ofrecen un verdadero itinerario para comprender el ministerio diaconal.
En el libro de los Números, Dios toma a los levitas y los entrega para el servicio de la comunidad. Hay una expresión muy significativa: son «donados» al Señor. El ministerio no es una conquista personal ni un reconocimiento de méritos. Es un don recibido para ser entregado. Matías y Sebastián, desde hoy, pertenecen de un modo nuevo al Señor y, precisamente por eso, son enviados a servir a los hermanos.
El libro de los Hechos nos presenta una situación muy concreta de la primera comunidad cristiana. Había necesidades, personas que requerían atención, y los Apóstoles comprendieron que la misión debía organizarse para que nadie quedara desatendido. Entonces la comunidad elige a hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, para este servicio.
Aquí encontramos algo esencial: el diaconado nace en el corazón de una Iglesia que quiere cuidar a las personas. No tiene su origen en una lógica burocrática ni en la distribución de tareas, nace de la caridad. El diácono es aquel que ayuda a que la comunidad no pierda de vista a los pequeños, a los necesitados, a quienes pueden quedar al margen.
El Evangelio nos lleva todavía más profundamente. Jesús, en la noche de la Última Cena, se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla y lava los pies de sus discípulos. Esta escena contiene el corazón del ministerio que hoy reciben Matías y Sebastián. Jesús no les dice aprendan a mandar, a organizar, a ocupar un lugar importante. Les dice con su gesto aprendan a servir. El Señor se arrodilla delante de sus discípulos, se hace servidor, se pone a los pies de aquellos que ama.
Por eso, queridos Matías y Sebastián, el diaconado comienza de rodillas, No solamente ante el altar sino ante la vida concreta de nuestros hermanos. Allí donde hay una herida que cuidar, una persona que escuchar, una familia que acompañar, un pobre que necesita ser recibido, un enfermo que espera una visita, un joven que busca un sentido, allí tiene que estar el corazón del diácono. El servicio cristiano consiste en entregar la vida y muchas veces el más fecundo será silencioso, escondido, sin aplausos ni reconocimiento. Como el agua que lava los pies: nadie la celebra, pero deja limpia, renovada y fresca la vida del hermano.
Tengamos siempre presente de dónde nace este ministerio, proviene del amor de Cristo. No permitamos que este don se convierta en una función, costumbre o rutina. Cada vez que proclamen el Evangelio, recuerden que primero deben dejar que la Palabra transforme su propia vida; en el servicio en el altar, recuerden que están llamados a hacerlo también fuera del templo; cuando se acerquen a una persona, háganlo reconociendo en él al mismo Cristo.
Hoy confiamos especialmente a Matías y Sebastián a la intercesión de la Virgen. Que María, mujer disponible y servidora, les enseñe a decir cada día, con la vida: “aquí estoy Señor”. Tengamos presente la imagen de esta noche: el Señor arrodillado ante sus discípulos. Ese es el camino, es el ministerio, es el corazón del diaconado. Que toda la Iglesia, al verlos servir, pueda reconocer en ustedes el rostro humilde de Cristo que «no vino para ser servido, sino para servir».
† Mons. José Adolfo Larregain ofm
NOTA: A la derecha de la página, en Archivos, el texto como “Homilia Ordenación diaconal Beto y Matias”, en formato PDF