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La hermana Lisett Ochoa, religiosa venezolana de la Congregación de las Hermanas de la Consolación, llegó a la ciudad de Corrientes con una misión particular: realizar un mural de mosaicos para la Casa de Ejercicios “San Ignacio” de los padres jesuitas ubicada en Cañada Quiróz. La obra, inspirada en una tradición cristiana oriental que encuentra en el arte un camino hacia la oración y el encuentro con Dios, es mucho más que una composición de imágenes y colores. Es también una experiencia de comunidad.
Para la hermana Lisett, el arte no constituye una actividad separada de su vida religiosa. Por el contrario, es una manera concreta de vivir su vocación y de poner sus propios talentos al servicio de los demás. “Siento que mi vocación, digamos, de artista no va más allá de mi vocación de entrega, de servicio... esto soy yo, y esto es lo que Dios me ha dado, me ha regalado y eso es lo que soy, es lo que entrego”, explica.
En una charla en radio San Cayetano, contó que su formación como arquitecta y artista fue descubriendo, con el paso del tiempo, una dimensión que hoy define como una verdadera “arquitectura pastoral”: crear espacios que ayuden a las personas a encontrarse con Dios.
El arte como camino hacia el misterio
¿Cómo se une el arte con la espiritualidad en el mosaico? Para la hermana Lisett, la respuesta está en el lenguaje simbólico propio del arte cristiano. “El arte siempre es un lenguaje simbólico que busca que la persona por medio de los símbolos entre en un misterio. Y se encuentre con el misterio”.
La tradición oriental cristiana, especialmente a través de los mosaicos y los íconos, entiende la imagen como un medio que puede conducir hacia una realidad que la trasciende. La belleza, la armonía, los colores y las formas no son simplemente elementos decorativos. Pueden ayudar a serenar el corazón y disponer a la persona para la oración.
“[La belleza es] armonía... elementos sensibles que ayudan a la persona a encontrarse con el Señor”, explica.
Por eso, el arte litúrgico tiene para ella una finalidad concreta: preparar el espacio para que quien ingrese pueda experimentar que allí hay algo que lo conduce hacia Dios. “Un todo pensado para entrar a la gente en la dimensión de la fe... de modo que la persona cuando entre realmente sienta que todo le habla de Dios”.
La obra artística no termina, entonces, en el momento en que se coloca la última pieza. El espacio comienza a adquirir una nueva dimensión. “Los espacios se van transformando en espacios habitados, ya son habitados por el misterio, pero ya la gente también se siente habitada al estar allí, al contemplar, al rezar”, expresa la hermana Lisett.
Un mural que nace de la comunidad
La escena elegida junto al padre Alejandro Tilve sj -que la invitó a dirigir esta obra-, para el mural de la casa de ejercicios de San Ignacio de Loyola, en Corrientes, representa a las “miróforas”: las mujeres que se acercan al sepulcro de Jesús llevando perfumes. El episodio pascual está representado a través de tres elementos centrales: el sepulcro abierto, las tres mujeres y el ángel que les anuncia que Cristo ha resucitado.
La elección de esta escena no es casual, aseguro al hermana Lisett. Las miróforas representan a una Iglesia que camina, busca y se pone en movimiento. Ellas parten durante el alba, “cuando todavía está oscuro”. No saben exactamente qué encontrarán, pero avanzan impulsadas por el amor.
Son, de esta manera, una imagen de una Iglesia que no permanece detenida ante la incertidumbre. Es una Iglesia que se pone en marcha incluso cuando todavía hay oscuridad. “Son imagen de esa iglesia que busca, que a pesar de la oscuridad de la noche... [está] en camino, sin saber, solo el amor las mueve”.
También son las primeras en recibir el anuncio de la Resurrección y, por ello, se convierten en protagonistas del anuncio y de la misión evangelizadora. La escena reúne así dos dimensiones fundamentales: una comunidad que busca y una comunidad que, después de encontrar, anuncia, explicó.
Pero la dimensión comunitaria del mural no se encuentra únicamente en aquello que representa. Está también en la manera concreta en que fue realizado.
En la obra, de tres por dos metros, participa la comunidad de Jesús Nazareno. Los fieles colaboraron recolectando y donando pequeñas piezas de mosaico de diferentes colores y texturas. Varias personas, adultas y jóvenes, además, se sumaron como ayudantes para cortar las piezas y unirlas.
De este modo, cada pequeña pieza encuentra un lugar dentro de una obra mayor. Y esa misma dinámica se convirte en una imagen de la Iglesia.
“El mosaico como técnica ya habla ya de que no es un arte individual, sino que es un arte comunitario y un arte de la comunión”, afirma Lisett.
Cada pieza tiene una forma, un color, una textura y un lugar particular. Ninguna es idéntica a otra y, sin embargo, todas son necesarias para que exista la imagen completa. Para la artista, esta metáfora resulta particularmente significativa para comprender la vida comunitaria: cada persona aporta aquello que es y aquello que puede ofrecer.
“Es bonito ver que una comunidad pues se une... es el fruto de la piedrita que cada uno ha [aportado]”. Y agrega: “...somos todos una misma familia”.
Así, el mosaico no solo representa la comunión: se convierte él mismo en una experiencia de comunión.
Una vocación que fue encontrando su camino
La historia de la hermana Lisett también puede leerse como un mosaico. Diferentes experiencias, talentos, dificultades y oportunidades fueron encontrando su lugar hasta configurar una vocación en la que arquitectura, arte y vida religiosa terminaron integrándose.
Pertenece a las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación, una congregación de origen español tradicionalmente vinculada a la educación y la salud, pero que ha ido descubriendo también en el arte un camino para llevar consuelo.
Antes de consagrarse había dejado inconclusa la carrera de Arquitectura. Después de profesar sus votos, su superiora provincial la animó a retomar los estudios en Caracas. Aunque ella misma lo cuenta con humor y reconoce que desde entonces no ha construido “ni la casita del perro”, aquella formación terminó siendo fundamental para su misión.
La arquitectura le dio herramientas para pensar los espacios y preguntarse cómo podían ayudar a las personas a encontrarse con Dios. Así comenzó su trabajo en los colegios de la congregación en Venezuela, buscando embellecer capillas y oratorios y diseñando materiales que permitieran a niños y jóvenes acercarse a la fe también a través del entorno que los rodeaba.
Con el tiempo, su sensibilidad artística continuó creciendo. En un momento de su vida tuvo problemas de garganta que le provocaron una pérdida temporal de la voz. Lejos de vivir aquella situación únicamente como una limitación, Lisett la recuerda como un tiempo “bendito”. El silencio le permitió dedicarse a estudiar de manera virtual cursos de Photoshop, ilustración y diseño digital.
Más adelante, con el apoyo de su superiora general, llegó a Roma para formarse formalmente en la escuela de mosaico. Fueron siete años de formación y de participación en importantes proyectos, entre ellos la realización de mosaicos en el Santuario de la Virgen de Aparecida, en Brasil.
Al regresar a Venezuela, recibió una nueva misión: fundar en Maracay el Centro de Arte y Espiritualidad “Agapé”.
Arte para consolar y sanar
Hoy, desde Agapé, la hermana Lisett forma a jóvenes y adultos en el arte litúrgico y en el mosaico de tradición oriental cristiana. Su deseo va más allá de enseñar una técnica.
Su gran anhelo es formar una comunidad de artistas capaz de ayudar a embellecer los templos y, a través de ellos, ofrecer espacios que conduzcan a la oración, al consuelo y al encuentro con Dios.
En su historia personal, el arte y la vocación no aparecen como dos caminos diferentes. Son, más bien, distintas piezas de un mismo mosaico.
“Ahora pues uno da lo que gratis ha recibido”, expresa, resumiendo una actitud que atraviesa toda su experiencia. Lo recibido —los talentos, la formación, las oportunidades y también las dificultades— se transforma en algo que puede ser entregado a los demás.
Quizás allí se encuentre el sentido más profundo de su trabajo: comprender que la belleza también puede ser una forma de servicio. Que una pequeña pieza de mosaico puede encontrar su lugar dentro de una imagen mucho mayor. Y que, del mismo modo, cada persona, con su historia y sus dones, puede aportar su propia pieza para construir una comunidad donde la fe, la belleza y la esperanza puedan encontrarse.
El mural de Corrientes quedará, así como algo más que una obra terminada. Será la expresión visible de una comunidad que aportó sus pequeñas piezas, de una religiosa venida desde lejos, que encontró en el arte una forma de evangelizar y de una tradición que continúa creyendo que la belleza puede abrir una puerta hacia el misterio.
Porque, en definitiva, para la hermana Lisett, hacer arte es también una manera de consolar, de servir y de ayudar a que, al entrar en un espacio sagrado, una persona pueda descubrir que todo —hasta la más pequeña piedra de un mosaico— puede hablarle de Dios.