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Queridos hermanos y hermanas: nos hemos reunido con profunda alegría para celebrar un acontecimiento de gracia para la Iglesia: la ordenación sacerdotal de José Barrientos. Este don que hoy recibe no es solamente para él; es un regalo de Dios para todo el Pueblo Santo que peregrina en esta Iglesia particular. El Señor sigue llamando, sigue enviando y sigue suscitando pastores según su corazón para acompañar, servir y conducir a su pueblo.
La primera lectura nos presenta una de las páginas más bellas de la historia de la salvación: la vocación de Moisés. Dios sale a su encuentro en la zarza ardiente, en medio de la vida cotidiana, mientras cuidaba el rebaño. Allí le revela su nombre, escucha el clamor de su pueblo y lo envía en misión.
Toda vocación nace de esta misma iniciativa divina. Nadie se llama a sí mismo. Es Dios quien toma la delantera, quien mira con amor y quien confía una misión. También José ha experimentado, a lo largo de su camino vocacional, esa presencia discreta y perseverante del Señor que lo fue conduciendo paso a paso hasta este día. Como Moisés, ha debido aprender a confiar más en la fuerza de Dios que en sus propias capacidades. Porque el sacerdote no es elegido por sus méritos, sino por la misericordia de Aquel que llama.
El salmo que hemos proclamado expresa la certeza que sostiene toda vida sacerdotal: «El Señor es mi pastor, nada me puede faltar». Antes de ser pastor de una comunidad, el sacerdote debe dejarse pastorear por Cristo. Sólo quien se sabe conducido por el Buen Pastor puede acompañar a otros por los senderos de la vida, especialmente en los momentos de incertidumbre, sufrimiento y esperanza.
En los Hechos de los Apóstoles contemplamos a Pedro y Juan encontrándose con el paralítico junto a la puerta del Templo. No tienen riquezas materiales para ofrecerle, pero poseen algo infinitamente más valioso: la fuerza salvadora de Jesucristo. «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo». Estas palabras constituyen un verdadero programa para todo ministerio sacerdotal.
El mundo podrá esperar muchas cosas del sacerdote: eficiencia, organización, respuestas inmediatas. Sin embargo, lo que verdaderamente necesita es que sea testigo de Cristo, hombre de oración, servidor de la esperanza y anunciador del Evangelio. La mayor riqueza que un sacerdote puede ofrecer es la presencia de Jesucristo vivo, capaz de levantar al caído, sanar las heridas y devolver la dignidad a quienes han perdido la confianza.
En el Evangelio, Jesús se presenta como la puerta de las ovejas. Él es el único camino de salvación. El sacerdote no está llamado a ocupar el lugar de Cristo, sino a transparentarlo. Su misión consiste en abrir puertas, nunca en cerrarlas; en acercar a las personas al encuentro con el Señor; en acompañar procesos, escuchar, discernir y caminar junto al pueblo que le es confiado.
Aquí encontramos una dimensión particularmente importante para nuestro tiempo: la sinodalidad. La Iglesia que el Señor nos pide construir es una Iglesia que camina unida, donde todos escuchan al Espíritu Santo y se reconocen corresponsables de la misión evangelizadora. El sacerdote, en una Iglesia sinodal, no es un funcionario aislado ni un líder solitario. Es un hermano entre hermanos que preside la comunidad en la caridad, anima la participación de todos los bautizados y favorece la comunión de los diversos carismas.
José, el ministerio que hoy recibes te invita a ser hombre de encuentro y de comunión. Escucha siempre al pueblo que te será confiado. Camina con los jóvenes y los ancianos, con las familias y los pobres, con quienes participan activamente en la vida eclesial y con aquellos que se sienten alejados. Que nadie quede excluido de tu solicitud pastoral. Aprende cada día el arte del discernimiento comunitario, porque el Espíritu habla también a través de la fe sencilla de nuestro pueblo.
Como nos enseñó el Papa Francisco y continúa alentándonos el Santo Padre León XIV, la Iglesia del futuro será cada vez más una Iglesia de discípulos misioneros que caminan juntos, escuchándose mutuamente y buscando juntos la voluntad de Dios.
Querido José, dentro de unos instantes serás configurado sacramentalmente con Cristo Pastor. Conserva siempre la alegría de tu llamada. Que la Eucaristía sea el centro de tu vida, que la Palabra de Dios ilumine cada una de tus decisiones y que los pobres ocupen un lugar privilegiado en tu corazón.
Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, te acompañe en cada paso de tu ministerio. Y que Cristo, Buen Pastor, te conceda la gracia de ser un sacerdote santo, cercano, humilde y generoso, para gloria de Dios y servicio de su pueblo. Amén.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm