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MONS. JOSÉ ADOLFO LARREGAIN

Homilía de la fiesta litúrgica de Nuestra Señora de Itatí

Queridos hermanos y hermanas: hoy la Iglesia que peregrina en Corrientes y en todo el Nordeste argentino celebra con especial alegría a la Bienaventurada Virgen María de Itatí. Nos congregamos para dar gracias a Dios por el don de su Madre y para renovar nuestra confianza filial en aquella que, desde hace más de cuatro siglos, acompaña la fe, las esperanzas y las luchas de nuestro pueblo.

La liturgia que hemos escuchado nos ayuda a comprender quién es María y cuál es su misión en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia.

La primera lectura nos presenta la profecía de Isaías: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel». En medio de las incertidumbres de su tiempo, Dios ofrece un signo de esperanza. No abandona a su pueblo. No permanece indiferente ante sus sufrimientos. Promete su presencia salvadora. Ese anuncio alcanza su plenitud en María. Ella es la Virgen que acoge la Palabra de Dios y la ofrece al mundo. En su seno el Hijo eterno del Padre se hace hombre para habitar entre nosotros. En ella se realiza el gran signo de que Dios camina con su pueblo.

También hoy necesitamos redescubrir esta certeza. Vivimos tiempos marcados por preocupaciones económicas, incertidumbres sociales, tensiones familiares y desafíos culturales que muchas veces generan angustia y desaliento. Sin embargo, la fiesta de Nuestra Señora de Itatí nos recuerda que Dios sigue estando presente en medio de su pueblo. El Emmanuel continúa caminando con nosotros.

La segunda lectura, tomada de la carta a los Gálatas, nos conduce al centro del misterio cristiano: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer». San Pablo no menciona el nombre de María, pero la presenta como aquella mujer por medio de la cual el Hijo de Dios entró en nuestra historia. Gracias a Cristo hemos recibido la adopción filial. Ya no somos esclavos, sino hijos; y si somos hijos, también somos herederos de Dios.

María, por lo tanto, no nos aparta de Cristo. Al contrario, nos conduce siempre hacia Él. Toda auténtica devoción mariana tiene una profunda orientación cristológica. Quien se acerca a María termina encontrándose con Jesús. Quien aprende de María descubre la alegría de saberse hijo amado del Padre. Esta verdad ha sido experimentada durante generaciones por miles de peregrinos que llegan al Santuario de Itatí. Muchos llegan cargando sufrimientos, preocupaciones y heridas. Otros vienen a agradecer favores recibidos. Algunos buscan una palabra de consuelo o una luz para sus decisiones. Y todos encuentran en la mirada maternal de María una invitación a confiar nuevamente en Dios.

El Evangelio nos presenta la Visitación. Apenas recibe el anuncio del ángel, María se pone en camino para visitar a su prima Isabel. Este detalle es profundamente significativo. María no se encierra en sí misma. No se queda contemplando el privilegio recibido. El don de Dios la impulsa a salir al encuentro de los demás.

Por eso la Virgen de Itatí sigue siendo para nosotros un modelo de Iglesia misionera. Una Iglesia que no permanece inmóvil ni encerrada en sus propias preocupaciones, sino que sale al encuentro de quienes necesitan una palabra de esperanza, una presencia fraterna y el anuncio del Evangelio.

Cuando María llega a la casa de Isabel, lleva consigo el mayor de todos los dones: lleva a Jesucristo. Y allí donde llega Cristo, la vida florece, la alegría renace y la esperanza se fortalece. Entonces Isabel proclama: «¡Feliz de ti por haber creído!». Esta es quizás la definición más hermosa de María: la mujer creyente. Su grandeza no proviene solamente de haber sido elegida para ser la Madre del Señor, sino de haber confiado plenamente en la Palabra de Dios.

También nosotros estamos llamados a recorrer ese camino de fe. Creer cuando las circunstancias parecen adversas. Esperar cuando el horizonte se presenta incierto. Perseverar cuando aparecen las dificultades. El Evangelio culmina con el Magníficat, el canto de alabanza que brota del corazón de María. Ella reconoce que todo es gracia, que todo es don y que Dios realiza maravillas en quienes se abren a su acción.

Queridos hermanos: la historia de la devoción a Nuestra Señora de Itatí está profundamente entrelazada con la historia de nuestro pueblo. Generaciones enteras han encontrado en ella refugio, consuelo y fortaleza. Hoy nosotros queremos renovar esa misma confianza.

Que María de Itatí nos enseñe a escuchar la Palabra de Dios con corazón disponible; a servir con generosidad a nuestros hermanos; a caminar con esperanza en medio de las dificultades; y a reconocer, como ella, las maravillas que el Señor sigue realizando en nuestra historia.

A sus pies depositamos las alegrías y las preocupaciones de nuestras familias, de nuestras comunidades y de nuestra querida provincia. Le confiamos especialmente a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los jóvenes y a quienes han perdido la esperanza. Le pedimos que nos conduzca siempre hacia su Hijo Jesucristo, para que, sostenidos por su protección maternal, podamos vivir con fidelidad nuestra vocación cristiana y caminar juntos hacia el Reino definitivo.

Nuestra Señora de Itatí, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros. Amén.

† Mons. José Adolfo Larregain ofm