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Queridos hermanos y hermanas:
Con profunda alegría y gratitud nos reunimos hoy para celebrar los veinticinco años de vida de esta querida Parroquia Inmaculado Corazón de María. Es una ocasión privilegiada para elevar nuestra acción de gracias a Dios por tantas bendiciones derramadas a lo largo de este cuarto de siglo, por los sacerdotes que han servido en esta comunidad, por los agentes pastorales, los catequistas, los consagrados, las familias y por cada uno de los fieles que han contribuido a escribir esta hermosa historia de fe.
Toda celebración cristiana de aniversario es, ante todo, una memoria agradecida. No se trata simplemente de recordar una fecha o de enumerar acontecimientos del pasado. Se trata de reconocer la presencia fiel de Dios que ha caminado con su pueblo, sosteniendo, guiando y fortaleciendo a esta comunidad parroquial a través de los años.
La primera lectura, tomada del Segundo Libro de los Reyes, nos presenta una página dolorosa de la historia de Israel. El pueblo elegido se había alejado del Señor, olvidando sus mandamientos y cerrando el corazón a las advertencias de los profetas. Dios había sido paciente y misericordioso, pero el pueblo prefirió seguir sus propios caminos. El texto resume con sobriedad una verdad permanente: cuando el hombre se aparta de Dios termina perdiendo también el rumbo de su propia vida.
Esta Palabra resuena hoy como una invitación a la vigilancia espiritual. Una parroquia no vive únicamente de su historia, de sus edificios o de sus tradiciones. Vive de su fidelidad al Evangelio. Los aniversarios son momentos propicios para preguntarnos si seguimos escuchando la voz del Señor, si mantenemos viva la fe recibida, si nuestras comunidades continúan siendo espacios donde Dios ocupa verdaderamente el centro.
La historia de estos veinticinco años nos habla de una comunidad que ha procurado permanecer unida al Señor. Sin embargo, cada generación está llamada a renovar esa fidelidad. Nadie puede vivir de la fe de otros. Cada bautizado debe responder personalmente al llamado de Dios y asumir con responsabilidad la misión que le corresponde.
El Evangelio nos ofrece una enseñanza que toca directamente la vida comunitaria. Jesús nos dice: «No juzguen y no serán juzgados». Son palabras que todos necesitamos escuchar una y otra vez. La vida parroquial, como toda experiencia humana, está formada por personas distintas, con sensibilidades diversas, historias diferentes y también limitaciones. Allí donde hay personas siempre existe la tentación de la crítica, del juicio apresurado, de la descalificación y de la división.
El Señor nos invita a comenzar por una sincera revisión de nuestra propia vida. Antes de fijarnos en la paja que está en el ojo del hermano, debemos reconocer la viga que está en el nuestro. La humildad es el fundamento de toda verdadera comunión eclesial. Una comunidad madura no es aquella donde no existen errores, sino aquella donde sus miembros saben corregirse con caridad, perdonarse mutuamente y caminar juntos hacia la santidad.
Al contemplar estos veinticinco años de vida parroquial, seguramente podríamos señalar muchas obras realizadas, numerosos proyectos pastorales, celebraciones, sacramentos y servicios de caridad. Todo ello es valioso y merece ser agradecido. Pero quizá el fruto más importante sea otro: las vidas transformadas por la gracia de Dios; las familias fortalecidas en la fe; los niños bautizados; los jóvenes que descubrieron su vocación; los enfermos acompañados; los pobres asistidos; los pecadores reconciliados; los corazones que encontraron aquí una casa espiritual.
Y en esta celebración ocupa un lugar especial la Santísima Virgen María, bajo la advocación de su Inmaculado Corazón. El corazón de María es escuela de escucha, de obediencia y de amor. Ella guardaba la Palabra de Dios y la meditaba en su corazón. Ella permaneció fiel junto a su Hijo en los momentos de alegría y también en la hora de la cruz. Ella sigue enseñándonos a vivir una fe sencilla, confiada y perseverante.
La espiritualidad del Inmaculado Corazón nos recuerda que toda renovación auténtica comienza en el interior. No bastan los cambios externos ni las iniciativas pastorales si no hay una verdadera conversión del corazón. María nos enseña a dejarnos moldear por la gracia para que nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones reflejen cada vez más el Evangelio.
Al celebrar este jubileo parroquial, miremos el pasado con gratitud, vivamos el presente con entusiasmo y abramos el futuro con esperanza. El mismo Señor que acompañó a esta comunidad durante estos veinticinco años seguirá guiándola en los años venideros. Nos corresponde permanecer fieles, cultivar la comunión, anunciar el Evangelio y salir al encuentro de quienes más necesitan experimentar el amor de Dios.
Que el recuerdo agradecido de quienes iniciaron esta obra parroquial nos impulse a continuarla con renovado ardor misionero. Que nadie se considere simple espectador de la vida de la Iglesia. Todos somos discípulos misioneros llamados a construir la comunidad cristiana.
Pidamos hoy a la Virgen María que siga extendiendo su manto maternal sobre esta parroquia. Que su Inmaculado Corazón custodie a las familias, fortalezca a los jóvenes, sostenga a los ancianos, anime a los servidores de la comunidad y conduzca a todos hacia Cristo, único Salvador del mundo.
Demos gracias al Señor por estos veinticinco años y renovemos nuestro compromiso de seguir caminando juntos como una familia de fe, para que esta parroquia continúe siendo, en medio de la sociedad, signo vivo del amor de Dios y faro de esperanza para las generaciones futuras.
Amén.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm