PRENSA > NOTICIAS
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia celebra con alegría la memoria de San Antonio de Padua, uno de los santos más queridos por el pueblo cristiano. Predicador incansable del Evangelio, hijo espiritual de San Francisco de Asís, hombre de profunda oración y de inmenso amor por los pobres, San Antonio sigue siendo, después de tantos siglos, un testigo luminoso de Jesucristo.
La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ayuda a comprender mejor la santidad de este gran franciscano. En la primera lectura, Dios le dice a Israel: "Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa". El Señor no elige a su pueblo para encerrarlo en privilegios, sino para convertirlo en signo de su amor para todas las naciones.
También San Antonio comprendió que la fe no es un tesoro para guardar egoístamente, sino un don para compartir. Dotado de una inteligencia extraordinaria, podría haber buscado prestigio o reconocimiento personal. Sin embargo, eligió poner todos sus talentos al servicio del Evangelio. Comprendió que la verdadera grandeza consiste en pertenecer a Dios y servir a los hermanos.
El Evangelio nos muestra a Jesús recorriendo ciudades y pueblos, enseñando, anunciando la Buena Noticia y curando toda enfermedad. Luego nos dice que, al ver a la multitud, sintió compasión porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor. La compasión es el sentimiento más característico del corazón de Cristo. Jesús no permanece indiferente ante el sufrimiento humano. Se acerca, escucha, sana y salva. San Antonio tuvo ese mismo corazón compasivo. Sus sermones buscaban conducir a los pecadores al encuentro con la misericordia de Dios. Defendió a los pobres, denunció las injusticias y llevó consuelo a quienes sufrían. Su palabra era firme, pero nacía siempre de la caridad.
Por eso Jesús dice: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos." Estas palabras siguen siendo actuales. También hoy hay muchos hombres y mujeres que buscan sentido para sus vidas, que necesitan escuchar una palabra de esperanza, que esperan encontrar testigos auténticos del Evangelio. La respuesta de San Antonio fue generosa. Escuchó el llamado del Señor y se dejó enviar. Recorrió caminos, pueblos y ciudades anunciando a Cristo. No buscó comodidad ni seguridad. Su vida fue una misión permanente.
La segunda lectura nos recuerda el fundamento de toda misión cristiana: "Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores." Todo comienza con el amor gratuito de Dios. Antes de que nosotros lo buscáramos, Él salió a nuestro encuentro. Antes de nuestros méritos, está su misericordia. San Antonio nunca perdió la conciencia de haber sido alcanzado por ese amor. Por eso su predicación era tan fecunda. No hablaba simplemente de doctrinas o ideas; hablaba de un Cristo vivo que había transformado su corazón.
Queridos hermanos, muchos acudimos hoy a San Antonio para pedir su intercesión. Le confiamos necesidades materiales, problemas familiares, búsquedas laborales, deseos de encontrar lo perdido o de reencontrar caminos de paz. Y está bien hacerlo, porque los santos son amigos de Dios y compañeros de nuestro peregrinar. Pero quizás el mayor milagro que San Antonio quiere obtener para nosotros sea ayudarnos a encontrar a Cristo. Porque cuando encontramos a Jesús, hallamos el verdadero tesoro que da sentido a toda nuestra vida. Que San Antonio nos enseñe a ser discípulos misioneros, hombres y mujeres de oración, de caridad y de esperanza.
Pidamos también por la Iglesia, por el Papa León XIV, por nuestros sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos comprometidos, para que nunca falten trabajadores en la mies del Señor. Que San Antonio de Padua interceda por nosotros y nos alcance la gracia de vivir con fidelidad el Evangelio, llevando a todos la alegría de Cristo. Amén.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm