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Queridos hermanos y hermanas:
Al celebrar hoy el Inmaculado Corazón de María, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio interior de la Madre del Señor: su corazón creyente, obediente y totalmente disponible al proyecto de Dios. No veneramos solamente los sentimientos de María, sino toda su persona entregada a Dios con una fidelidad sin fisuras.
La primera lectura, tomada del libro de Judit, nos presenta a una mujer que es proclamada bendita entre todas las mujeres: "Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres el gran orgullo de Israel, tú eres el honor de nuestra raza". Estas palabras, dirigidas originalmente a Judit, encuentran en María su cumplimiento más pleno. Ella es la mujer humilde que Dios escogió para realizar la obra más grande de la historia de la salvación. En ella se cumple la promesa de Dios y por ella nos llega el Salvador.
El Evangelio nos ayuda a comprender dónde radica la verdadera grandeza de María. Una mujer del pueblo, admirada por Jesús, exclama: "¡Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!". Sin embargo, Jesús responde: "Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican".
A primera vista pareciera que Jesús está corrigiendo a aquella mujer. En realidad, está revelando el motivo más profundo de la bienaventuranza de María. Ella es feliz no solamente porque llevó a Jesús en su seno, sino porque escuchó la Palabra de Dios y la puso en práctica de manera perfecta.
María fue la primera discípula de su Hijo. Antes de concebirlo en su vientre, lo concibió en su corazón por la fe. Escuchó el anuncio del ángel, creyó en la promesa y respondió: "Hágase en mí según tu palabra". Desde ese momento toda su existencia fue una continua obediencia al querer de Dios.
Por eso contemplamos hoy su Corazón Inmaculado. Es un corazón sin doblez, un corazón enteramente disponible, un corazón que supo guardar y meditar los acontecimientos de la vida de Jesús. San Lucas nos dice varias veces que María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón. Allí se forjó su santidad; allí aprendió a reconocer los caminos de Dios incluso cuando no los comprendía plenamente. El Corazón de María conoció la alegría de Belén, la incertidumbre del exilio, la preocupación al perder al Niño en Jerusalén y, sobre todo, el inmenso dolor de permanecer de pie junto a la cruz. Pero ni siquiera en la hora más oscura dejó de confiar en Dios. Su corazón permaneció firme en la fe, sostenido por la esperanza y consumido por el amor.
María se presenta ante nosotros como madre y compañera de camino. Ella nos enseña que la esperanza no consiste en ignorar las dificultades, sino en confiar en Dios aun cuando las circunstancias parecen contradecir sus promesas. También nosotros estamos llamados a tener un corazón semejante al suyo: un corazón que escucha la Palabra, la guarda, la medita y la hace vida concreta. La verdadera devoción al Inmaculado Corazón de María no consiste solamente en rezarle o rendirle honores; consiste en imitar sus actitudes, aprender de su fe y dejarnos conducir por ella hacia Cristo.
Pidamos hoy a la Virgen Santísima que nuestro corazón se parezca cada vez más al suyo. Que nos enseñe a escuchar la Palabra de Dios, a custodiarla en el silencio de la oración y a traducirla en obras concretas de amor, servicio y misericordia. Que el Inmaculado Corazón de María nos conduzca siempre al Corazón de Jesús, fuente inagotable de esperanza y salvación. Amén.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm