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Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas más entrañables de nuestra fe: la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Contemplamos el Corazón de Cristo, signo del amor infinito de Dios por la humanidad, fuente de misericordia, consuelo y esperanza.
El Evangelio que acabamos de escuchar nos abre una ventana privilegiada al corazón mismo de Jesús. No se trata simplemente de un órgano físico ni de una devoción sentimental. En la Biblia, el corazón representa el centro de la persona, el lugar donde nacen los pensamientos, las decisiones, los sentimientos y el amor. Cuando contemplamos el Corazón de Jesús, contemplamos el misterio de Dios que ama.
Jesús comienza elevando una oración de alabanza al Padre: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños». El amor de Dios se revela a los pequeños, a los humildes, a quienes reconocen que necesitan ser salvados. El orgullo cierra el corazón; la humildad lo abre a la gracia.
Luego Jesús pronuncia una de las invitaciones más hermosas de todo el Evangelio: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré». ¡Qué actuales resuenan estas palabras! Vivimos en un mundo lleno de cansancios: cansancio físico, emocional, espiritual; cansancio provocado por las preocupaciones familiares, las dificultades económicas, las enfermedades, las divisiones sociales y las incertidumbres del futuro. Frente a estas cargas, Jesús no ofrece una solución mágica ni una evasión de la realidad. Ofrece algo mucho más profundo: su propia compañía. Nos invita a acercarnos a Él, a descansar en su amor, a depositar nuestras cargas en su Corazón.
El Papa Francisco nos recordó muchas veces que Dios nunca se cansa de perdonar y de acogernos. El Corazón de Cristo permanece siempre abierto, esperando a cada persona, especialmente a quienes se sienten heridos, descartados o desanimados.
Jesús continúa diciendo: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». Aquí encontramos el único lugar en los Evangelios donde Jesús describe explícitamente su propio corazón. No dice que es poderoso, sabio o fuerte. Dice que es manso y humilde. La mansedumbre no es debilidad; es la fuerza del amor que renuncia a la violencia. La humildad no es humillación; es la verdad de quien sabe que todo lo recibe del Padre y todo lo entrega por amor. En una sociedad marcada tantas veces por la agresividad, la competencia y la búsqueda de poder, el Corazón de Jesús nos propone otro camino: el camino de la ternura, del servicio y de la fraternidad.
Finalmente, Jesús afirma: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». El discípulo sigue llevando responsabilidades y compromisos, pero ya no los lleva solo. Cuando caminamos unidos a Cristo, nuestras cargas se transforman porque son compartidas con Él. El amor tiene esa capacidad maravillosa: convierte el peso en ofrenda y el sufrimiento en camino de esperanza.
El Papa León XIV ha insistido en que la Iglesia está llamada a ser signo de reconciliación y esperanza en medio del mundo. El Corazón de Cristo es precisamente la fuente de esa esperanza que no defrauda. Allí encontramos el amor capaz de sanar heridas, reconstruir vínculos y renovar nuestras comunidades.
En esta solemnidad, pidamos la gracia de acercarnos nuevamente al Corazón de Jesús. Presentémosle nuestras alegrías, angustias, familias, nuestros enfermos, jóvenes y ancianos. Que al contemplar el Corazón abierto del Salvador aprendamos a vivir con un corazón semejante al suyo: humilde para servir, misericordioso para perdonar, compasivo para acompañar y generoso para amar. Que María, quien guardó todas las cosas en su corazón, nos conduzca siempre al Corazón de su Hijo.
¡Sagrado Corazón de Jesús: haz nuestro corazón semejante al tuyo; Sagrado Corazón de Jesús: en vos confío!
† Mons. José Adolfo Larregain ofm
NOTA: A la derecha de la página, en Archivos, el texto como Homilía Sagrado Corazón de Jesús 2026 en PDF