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Queridos hermanos y hermanas: nos congregamos en este día para entonar el Te Deum, elevando una acción de gracias que brota de la memoria viva de nuestro pueblo. Evocamos agradecidos nuestros orígenes como nación, recordamos a aquellos hombres y mujeres que, en el 25 de mayo de 1810, dieron un paso audaz hacia la libertad, la dignidad y la construcción del bien común.
La Palabra de Dios ilumina este momento con hondura. En los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 1, 12-14), contemplamos a la primera comunidad creyente en Jesucristo reunida, perseverante en la oración, sostenida por la esperanza, unida en un mismo espíritu junto a María. No era un grupo fuerte según los criterios del mundo; más bien era pequeño, frágil, atravesado por incertidumbres, pero confiado en la promesa de Dios.
Algo de ese espíritu también marcó el nacimiento de nuestra patria. Los protagonistas de mayo no tenían todas las respuestas ni un camino despejado. Existían tensiones, intereses diversos, temores. Sin embargo, los animaba un deseo profundo: gestar un pueblo libre, con identidad propia, abierto al porvenir. Como aquella comunidad creyente, también ellos supieron esperar y apostar por un comienzo nuevo.
El Evangelio (cf. Jn 19, 25-27) nos conduce al pie de la cruz. Allí permanece María, firme en el dolor, fiel en la oscuridad, acompañando hasta el final. En ese momento, Jesús nos entrega un gesto de amor que funda una nueva manera de ser comunidad: “Ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”. Nace así un vínculo tejido en el cuidado, en la cercanía y en la responsabilidad mutua.
Este gesto interpela nuestra vida como nación. Una patria no se edifica solo con normas o instituciones, sino con relaciones que reconocen al otro como hermano. Cuando esto sucede, el sufrimiento ajeno deja de ser indiferente y se convierte en una llamada que nos compromete. Allí comienza una verdadera cultura del encuentro.
Hoy, nuestra Argentina atraviesa tiempos complejos, dificultades sociales y económicas, tensiones que fragmentan, palabras que hieren más que construyen. En este contexto, la Palabra de Dios nos invita a volver a lo esencial, a la dignidad inviolable de cada persona, a la búsqueda sincera del bien común, a la justicia que no excluye, a la participación responsable y a la esperanza activa. Nos recuerda, además, que sin un corazón reconciliado y sin apertura a Dios, todo proyecto humano corre el riesgo de vaciarse.
Se nos propone un camino concreto: perseverar en la oración y sostener la unidad. No como uniformidad, sino como comunión que respeta las diferencias y las integra. Pedimos el don del Espíritu Santo para nuestra patria: un Espíritu que ilumine las decisiones, fortalezca en la adversidad y pacifique los ánimos; un Espíritu que nos enseñe a vivir con sobriedad, a valorar lo sencillo, a compartir lo que somos y tenemos, y a cuidar especialmente a los más vulnerables.
María camina con nosotros, no abandona a sus hijos. Estuvo en el inicio de la Iglesia y también acompaña la historia de nuestro pueblo. En esta tierra la invocamos con amor como Nuestra Señora de Itatí. A sus pies depositamos nuestras preocupaciones y anhelos, confiando en su ternura de Madre.
Queridos hermanos, autoridades presentes: el mejor homenaje a la gesta de mayo no es solo evocarla, sino hacerla vida hoy. Cada generación enfrenta su propio desafío fundacional. A nosotros nos toca optar: entre el encierro individualista o la fraternidad abierta; entre la indiferencia o la cercanía comprometida; entre el desaliento o la confianza que se hace camino. No tengamos miedo de elegir el bien, aunque exija esfuerzo. No nos resignemos a la división ni a la cultura del descarte. Aprendamos a reconstruir los lazos sociales desde gestos concretos de humildad, diálogo y servicio. Allí se gesta silenciosamente una patria más humana.
Que este Te Deum sea un acto auténtico de fe: fe en Dios, que sigue obrando en la historia incluso en medio de las pruebas; fe en nuestro pueblo, capaz de levantarse una y otra vez; fe en que es posible una Argentina más justa, reconciliada y fraterna. Que María, en su advocación de Nuestra Señora de la Merced, en cuyo Santuario hoy nos encontramos, nos enseñe a permanecer de pie en medio de nuestras cruces, con esperanza firme y corazón disponible. Y que el Señor bendiga a nuestra patria, a sus autoridades y a todo el pueblo argentino, para que caminemos juntos hacia un futuro de paz, de justicia y de verdadera libertad.