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22 de mayo de 2026
Queridos hermanos:
Hoy celebramos con alegría la fiesta de Santa Rita de Cascia, una de las santas más queridas por el pueblo cristiano. Miles de personas acuden a ella llevando en el corazón sufrimientos, problemas familiares, enfermedades, situaciones imposibles y causas difíciles. Y quizá justamente por eso su figura conmueve tanto: porque Santa Rita no habló del dolor desde afuera; lo atravesó en su propia vida.
El Evangelio que acabamos de escuchar es uno de los más exigentes de Jesús: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, recen por los que los maltratan”. Humanamente, estas palabras parecen imposibles. El mundo nos enseña otra lógica: devolver golpe por golpe, responder a la ofensa con más ofensa, vivir atrapados en el resentimiento. Pero Jesús propone el camino contrario: el camino de la misericordia. Y precisamente allí la vida de Santa Rita se vuelve luminosa. Ella conoció el sufrimiento, la violencia y las heridas familiares. Después del asesinato de su esposo, tenía motivos humanos para dejarse dominar por el odio y la venganza. Sin embargo, eligió el Evangelio. Eligió perdonar. Eligió rezar. Eligió confiar en Dios, aun cuando todo parecía oscuro. Ése fue el verdadero milagro de Santa Rita: permitir que la gracia fuera más fuerte que el resentimiento.
Jesús dice: “Recen por los que los maltratan”. Qué difícil resulta esto. Porque cuando alguien nos hiere, el corazón espontáneamente se endurece. Pero Santa Rita nos enseña que la oración tiene fuerza para transformar el dolor en camino de reconciliación. El que reza por quien le hizo daño comienza lentamente a sanar también sus propias heridas.
Cuántas veces hoy vivimos situaciones de división: familias enfrentadas, palabras violentas, relaciones rotas, heridas antiguas que siguen abiertas. El Evangelio de hoy nos pregunta con claridad: ¿qué hacemos con nuestras heridas? ¿Las convertimos en odio o las llevamos a Dios?
San Francisco de Asís repetía que la verdadera paz comienza en el corazón reconciliado. No puede haber fraternidad si el resentimiento ocupa el centro del alma. Santa Rita comprendió profundamente esto. Ella transformó el sufrimiento en oración, la herida en compasión y la cruz en camino de santidad.
Jesús continúa diciendo: “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso”. Aquí está el centro del Evangelio. Dios no nos trata según nuestras miserias, sino según su amor. Y quien se encuentra verdaderamente con Cristo aprende también a mirar a los demás con misericordia.
La santidad de Santa Rita no estuvo en hacer cosas extraordinarias. Su santidad estuvo en amar cuando era difícil amar; en perseverar cuando todo parecía perdido; en mantener la esperanza cuando humanamente parecía no haber salida. Por eso hoy tantos fieles llegan a ella con confianza. Porque descubren que Dios nunca abandona a quienes ponen en Él su vida.
Queridos hermanos, quizá hoy también nosotros venimos cargando preocupaciones familiares, dolores interiores, conflictos, angustias y situaciones que parecen no tener solución. Santa Rita nos recuerda que el milagro más grande no siempre consiste en que desaparezca inmediatamente el problema. El milagro más profundo es que Cristo transforme nuestro corazón y nos regale paz aun en medio de la prueba.
El Papa Francisco insistía en que el cristiano está llamado a ser artesano de reconciliación y no sembrador de enfrentamientos. Y el Santo Padre León XIV continúa invitándonos a vivir una Iglesia cercana al sufrimiento humano, capaz de curar heridas y abrir caminos de esperanza.
Pidamos hoy a Santa Rita que interceda por nosotros: por nuestras familias, por quienes viven divisiones, por quienes no logran perdonar, por quienes están cansados de sufrir, por quienes sienten que su causa es imposible. Que ella nos enseñe a vivir el Evangelio con un corazón misericordioso, paciente y confiado. Que, al participar de esta Eucaristía, podamos escuchar nuevamente la voz de Jesús que nos llama a amar, perdonar y sembrar paz aun en medio de las cruces de la vida.
Amén.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm