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La solemnidad de Pentecostés nos introduce en uno de los momentos más luminosos y decisivos de la vida de la Iglesia. No se trata solamente del recuerdo de un acontecimiento pasado, sino de la celebración de una presencia viva: el Espíritu Santo derramado sobre el Pueblo de Dios para renovarlo, sostenerlo y enviarlo al mundo.
El libro de los Hechos de los Apóstoles describe la llegada del Espíritu con imágenes intensas: un viento impetuoso, lenguas como de fuego, hombres y mujeres transformados interiormente. Allí donde antes había temor, aparece valentía; donde reinaba la incertidumbre, nace claridad; donde existían divisiones, surge una comunión capaz de reunir pueblos, lenguas y culturas diversas. Pentecostés manifiesta que Dios no uniforma, sino que armoniza. El Espíritu no elimina las diferencias, sino que las convierte en riqueza para la edificación común.
En aquella mañana de Jerusalén, cada uno escuchaba hablar en su propia lengua. Este detalle tiene una profundidad extraordinaria. El Evangelio puede ser comprendido por todos porque el Espíritu llega al corazón humano allí donde cada persona vive, sufre, espera y busca sentido. La Iglesia, nacida de Pentecostés, está llamada permanentemente a hablar el lenguaje de la cercanía, de la misericordia y de la esperanza.
San Pablo, escribiendo a la comunidad de Corinto, recuerda que los dones son diversos, pero el Espíritu es el mismo. Nadie posee todo; nadie carece de algo para ofrecer. Cada bautizado ha recibido una gracia para el bien común. Por eso, la comunidad cristiana no puede construirse desde la competencia ni desde la autosuficiencia, sino desde la complementariedad y el servicio. El Espíritu Santo derriba la lógica del individualismo y suscita el gozo de caminar juntos.
Esta enseñanza resulta especialmente necesaria en nuestro tiempo, marcado tantas veces por la fragmentación, las tensiones y el aislamiento. El Espíritu crea comunión auténtica. Allí donde se deja actuar al Espíritu de Dios, renacen la confianza, el diálogo y la fraternidad. Allí donde el corazón se cierra, aparecen la dureza, la sospecha y la indiferencia.
El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús resucitado entrando en el cenáculo mientras los discípulos permanecían encerrados por miedo. El Señor se coloca en medio de ellos y pronuncia palabras que atraviesan los siglos: “La paz esté con ustedes”. Después sopla sobre ellos y les entrega el Espíritu Santo. Ese gesto recuerda el soplo creador de Dios al inicio de la humanidad. Pentecostés es una nueva creación. El Espíritu recrea el corazón humano y lo capacita para vivir reconciliado.
No deja de ser significativo que el primer don del Resucitado sea la paz y que inmediatamente confíe la misión del perdón. El Espíritu Santo no alimenta resentimientos ni divisiones; conduce siempre hacia la reconciliación. Una Iglesia animada por el Espíritu no se encierra en sí misma, no vive aferrada al pasado ni paralizada por el temor, sino que sale al encuentro del hermano llevando consuelo, ternura y esperanza.
El Papa Francisco insistía con frecuencia en que el Espíritu Santo rompe nuestras rigideces y nos impulsa a una Iglesia en salida, cercana a las heridas del mundo. Y el papa León XIV continúa convocando a los cristianos a ser testigos de unidad y de paz en medio de una humanidad necesitada de sentido y de fraternidad verdadera.
Pentecostés nos invita también a dejarnos abrasar por el fuego del amor de Dios para convertirnos en instrumentos de paz. San Francisco de Asís comprendió profundamente que el Espíritu transforma el corazón y hace posible vivir el Evangelio con sencillez, alegría y humildad.
Hoy la Iglesia vuelve a orar: “Ven, Espíritu Santo”. Ven a nuestras comunidades muchas veces cansadas. Ven a nuestras familias heridas por la incomprensión. Ven a los jóvenes que buscan horizontes verdaderos. Ven a quienes han perdido la esperanza. Ven a este mundo herido por la violencia y la indiferencia.
Que Pentecostés no sea solamente una celebración litúrgica, sino una experiencia espiritual profunda. Que el Espíritu renueve nuestra fe, fortalezca nuestra caridad y nos conceda la valentía de anunciar a Cristo con obras y palabras. Entonces también nosotros podremos salir de nuestros encierros y convertirnos en discípulos misioneros, capaces de llevar al mundo la alegría del Evangelio.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm