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MEDITACIÓN DE MONSEÑOR LARREGAIN

“Cuando calla la palabra, habla el amor”

La unción de Nicodemo en el atardecer del Viernes Santo

El gesto de María de Betania al ungir los pies de Jesús con perfume de nardo (cf. Jn 12,1-8) y el acto de Nicodemo al llevar mirra y áloe para el cuerpo del Señor (cf. Jn 19,39-40) están profundamente unidos como dos expresiones de amor que abrazan el misterio pascual.

María anticipa, con ternura y entrega, la sepultura de Jesús: su gesto es profético, reconoce en Él al Ungido que se entrega por amor. Derrama un perfume precioso mientras el Maestro aún vive, como signo de adoración y de fe en su entrega. Nicodemo, en cambio, realiza la unción después de la muerte, cuando el cuerpo del Señor ha sido bajado de la cruz: su gesto es silencioso, valiente, y manifiesta un amor que ha madurado en la oscuridad hasta convertirse en testimonio público.

Así, el nardo de María y la mirra de Nicodemo se encuentran en el mismo misterio: el amor que reconoce a Cristo en su entrega total. Uno anticipa la Pascua; el otro la honra en su consumación. Ambos enseñan que el verdadero discípulo no teme “derramar” lo mejor de sí —en vida o en muerte— ante Aquel que nos amó hasta el extremo.

El gesto de Nicodemo nos introduce en una fe desnuda, silenciosa, que no se apoya en signos visibles sino en la pura confianza en Dios. Es la fe que permanece cuando todo parece haberse apagado, cuando incluso las promesas yacen en el sepulcro.

En este clima contemplativo aparece la figura de Nicodemo. Aquel que había buscado a Jesús de noche (cf. Jn 3,1-21), ahora da un paso decisivo: ya no se esconde. Junto a José de Arimatea, se acerca al cuerpo sin vida del Señor y lleva “unas cien libras de mirra y áloe” (cf. Jn 19,39-42). Es un gesto desmesurado, propio de una sepultura real. Nicodemo honra a Jesús cuando todo aparenta estar perdido. Su fe no depende del éxito ni de la comprensión plena del misterio; es una fe que ama, aun en la oscuridad. Aquí se comienza a gestar el corazón del Sábado Santo: cuando la palabra calla, habla el amor, porque en el silencio profundo del corazón es donde los gestos, las miradas y la entrega sincera dicen con mayor verdad lo que ninguna voz humana alcanza a expresar; cuando la razón no alcanza, actúa la fidelidad.

Nicodemo no pronuncia discursos. Su teología se vuelve gesto. Su búsqueda inicial encuentra ahora una forma nueva: el servicio humilde. Ungir el cuerpo de Cristo es su modo de decir “creo”, incluso cuando no ve.

Esta escena nos permite contemplar los tres cuerpos de Cristo: el cuerpo histórico, entregado en la cruz y depositado en el sepulcro. Allí Nicodemo realiza un acto concreto de piedad y ternura; el cuerpo sacramental, que prolonga esa presencia en la Eucaristía. También allí el discípulo está llamado a una fe que muchas veces no “siente”, pero adora y el cuerpo místico, que es la Iglesia y, de modo particular, inmerso en ella el prójimo sufriente. En cada herida humana, en cada dolor oculto, Cristo sigue esperando la mirra de nuestra caridad.

Este atardecer del Viernes Santo nos enseña que hay momentos en la vida del discípulo —y también en la vida de la Iglesia— en los que no hay respuestas claras, ni consuelos sensibles. Son tiempos de sepulcro. Pero no son tiempos vacíos: son tiempos fecundos, donde la fe se purifica y se vuelve más auténtica.

Como nos recuerda el querido Papa Francisco, la fe verdadera “sabe esperar contra toda esperanza”. Y en esa misma línea, el actual pontífice León XIV nos invita a redescubrir el valor del silencio adorante, donde Dios sigue obrando aun cuando no lo percibimos.

Pastoralmente, esta meditación nos interpela con fuerza: ¿Sabemos permanecer junto al Señor en el silencio, sin exigir respuestas inmediatas? ¿Nuestra fe se sostiene también cuando no vemos frutos? ¿Nos acercamos con delicadeza y amor a los “cuerpos sufrientes” de hoy?

Nicodemo nos enseña que el discípulo maduro no huye del misterio, sino que permanece. No necesita entenderlo todo para amar. Y en ese permanecer silencioso, en ese servir humilde, ya comienza a despuntar la luz de la Resurrección. Porque quien sabe velar en la noche de la espera, está preparado para reconocer la aurora del Domingo. Nos enseña que cuando todo parece perdido, Dios está obrando en lo oculto. El cristiano está llamado a ser, en medio del mundo, custodio de esa esperanza que no defrauda (cf. Rom 5,5).

 

Fray José Adolfo Larregain ofm.

 

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