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Durante la Santa Misa de celebración de la fiesta de Nuestro Señor hallado en Empedrado, que sirvió además como festejo del Bicentenario de la comunidad, el Arzobispo habló de “gratitud por la historia compartida”. También hizo mención al 2fundamento biblico que va unido al reconocimiento del legado y la identidad del pueblo y animó a todos al compromiso con proyección al futuro.
En un clima de profunda emotividad y devoción, la comunidad de Empedrado conmemora la tradicional Fiesta del Señor Hallado, una festividad que este año adquiere una dimensión histórica trascendental al coincidir con el Bicentenario de la localidad. Son doscientos años de historia, trabajo, sueños y fe que encuentran en la figura del Señor Hallado un símbolo de unidad y memoria viva.
En su bendición final, monseñor José Adolfo Larregain, encomendó a las familias, autoridades y trabajadores de Empedrado bajo la protección de María y la bendición del Señor Hallado.
Compartimos el texto completo de la homilía del Arzobispo:
Queridos hermanos y hermanas: celebrar la Fiesta del Señor Hallado es una ocasión profundamente significativa para la comunidad de Empedrado. Este año adquiere una resonancia especial al encontrarnos en su Bicentenario. Doscientos años de historia son también caminos compartidos, de familias, de trabajo, de sueños, de encuentros y de fe. En medio de esta historia, el Señor Hallado ocupa un lugar entrañable: es memoria viva de un pueblo que ha aprendido a reconocer en Cristo la fuente de su esperanza.
La Palabra de Dios que hemos escuchado nos presenta una imagen fuerte y luminosa. En el desierto, el pueblo de Israel atraviesa un momento de cansancio y desconcierto. Entonces Moisés levanta una serpiente de bronce y quienes la contemplan recuperan la vida. Jesús retoma esta imagen y la lleva a su plenitud: «Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».
La Cruz de Cristo se convierte así en una mirada que transforma. Mirar al Señor Hallado significa contemplar un amor que se entrega, una misericordia que abraza y una esperanza que abre caminos. La Cruz nos recuerda que Dios entra en nuestra historia y la acompaña desde dentro. Él camina con su pueblo, comparte sus alegrías, sostiene sus búsquedas y renueva sus fuerzas.
Por eso, en este Bicentenario, podemos mirar la historia de Empedrado con gratitud. Cada generación recibió una herencia y, a su vez, dejó una huella para quienes vendrían después. La fe fue pasando de corazón en corazón, de hogar en hogar, de generación en generación. El Señor Hallado ha acompañado esta historia como presencia cercana y como punto de encuentro de tantas vidas.
Celebrar doscientos años invita también a mirar hacia adelante. Una comunidad madura su identidad cuando conserva con gratitud sus raíces y, al mismo tiempo, abre nuevos caminos para las generaciones futuras. El Señor nos convoca a construir un Empedrado donde cada persona pueda sentirse acogida, valorada y parte de una misma comunidad; donde la solidaridad, el trabajo, la cultura y la fe sigan generando vínculos y oportunidades.
El Evangelio nos entrega una certeza que sostiene este camino: «Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único». Este es el corazón de nuestra celebración. Antes que cualquier proyecto humano, existe un amor de Dios que nos precede y nos acompaña.
Querida comunidad de Empedrado: al celebrar al Señor Hallado y estos doscientos años de historia, elevemos nuestra mirada hacia Cristo. Que su Cruz siga siendo para este pueblo una fuente de esperanza, una señal de unidad y un llamado a caminar juntos. Que María, nuestra Madre, acompañe a cada familia y nos enseñe a custodiar con gratitud nuestra historia y a construir con confianza el futuro.
Que el Señor Hallado bendiga a Empedrado, a sus familias, a sus autoridades, a quienes trabajan cada día por el bien común y a las nuevas generaciones. Y que esta celebración del Bicentenario renueve en todos nosotros la alegría de pertenecer a un pueblo con historia, con raíces profundas y, sobre todo, con un futuro sostenido por la esperanza.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm
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