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Monseñor José Adolfo Larregain recordó las palabras del evangelio de Juan: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
Queridos hermanos y hermanas:
En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos regala una imagen entrañable y profundamente consoladora: Jesús, el Buen Pastor. En medio de tantas voces, propuestas y caminos que a menudo desorientan, hoy resuena con claridad su palabra: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
El Evangelio nos presenta a Jesús como Aquel que conoce a sus ovejas y las llama por su nombre. No somos un número ni seres anónimos: cada uno es amado, buscado y llamado personalmente. Su pastoreo acompaña, permanece, guía, sirve.
En un mundo donde con frecuencia se pierde el rumbo —marcado por propuestas superficiales, promesas engañosas o visiones que vacían el sentido de la vida—, el Señor nos invita a educar el oído del corazón para reconocer su voz. No es estridente, pero es firme; no se impone, pero orienta; no confunde, sino que trae paz. El Salmo 22 lo expresa con conmovedora confianza: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. No porque falten dificultades, sino porque con Él incluso los valles más oscuros pueden ser atravesados. Esta certeza brota de una relación fraterna viva, de la intimidad con Aquel que conoce nuestras heridas, temores y anhelos más profundos.
San Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda que Cristo “cargó con nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pe 2,24). El Buen Pastor no solo señala el camino: Él mismo se hace camino, entregando la vida. Aquí está el corazón de toda vocación cristiana: el amor que se dona. Seguir a Cristo es aprender a vivir desde esa lógica del don, haciendo de la propia vida una ofrenda por los demás.
Hoy celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. La Iglesia necesita pastores según el corazón de Cristo, y para ello hacen falta comunidades vivas: familias, consagrados y laicos comprometidos que vivan su llamado con generosidad y alegría. La primera lectura nos muestra cómo la predicación de Pedro suscita una pregunta decisiva: “¿Qué tenemos que hacer?” (Hch 2,37). Esa inquietud sigue resonando hoy, especialmente en el corazón de muchos jóvenes que buscan espacios de silencio, el acompañamiento espiritual, la vida sacramental, el compromiso comunitario-apostólico-misionero, la cercanía con los pobres y descartados como lugar privilegiado donde escuchar la voz del Pastor.
Como comunidad estamos llamados a dar gracias por quienes han respondido al llamado del Señor; a pedir con confianza por nuevas vocaciones —sacerdotales, religiosas, misioneras y familiares—; y a acompañar con cercanía, sin temor a proponer caminos exigentes pero llenos de sentido. Una Iglesia que no ora por las vocaciones se empobrece; una Iglesia que no las cuida pierde vitalidad.
En esta celebración elevamos también una memoria agradecida por el Papa Francisco, que nos enseñó con su vida el rostro cercano del Buen Pastor, con “olor a oveja”, atento a los más pobres e incansable en anunciar la misericordia. Hoy caminamos con confianza junto al Papa León XIV, pidiendo al Señor que lo sostenga en su misión de confirmar a sus hermanos en la fe y de guiar a la Iglesia en tiempos desafiantes.
No tengamos miedo de proponer la vocación, de anunciar que vale la pena dar la vida por el Señor. Como san Francisco de Asís, animémonos a preguntar: “¿Quién eres Tú, Señor, y quién soy yo?”, para descubrir con sinceridad el camino al que somos llamados. Las vocaciones no nacen en el vacío, sino en comunidades que rezan, testimonian y contagian alegría.
Hermanos, el Buen Pastor sigue pasando hoy por nuestra vida, sigue llamando e invitando. Pidámosle un corazón disponible, capaz de reconocer su voz y seguirlo. Que nuestra Iglesia sea bendecida con pastores santos, servidores humildes y comunidades que acompañen y sostengan cada vocación. Que María, Madre del Buen Pastor, la mujer que supo escuchar, acoger y responder con disponibilidad total nos conceda la gracia de estar atentos a su pedido de hacer lo que Él nos diga.