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Entrevista a Antonio de Iacovo - sacerdote

 “¿Por qué quiero ser cura?”

Antonio de Iacovo es un católico distinto. Con 62 años, el 15 de abril inició su vida sacerdotal en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, en Bella Vista, Corrientes, donde hoy vive.


Antonio entró en un seminario cordobés a los 11 años porque se veía “como sacerdote, pero después eso se fue apagando”. A los 19, abandonó el seminario y regresó con su familia, a Villa Bosch, en la provincia de Buenos Aires.

Por insistencia de su padre, terminó el profesorado de Filosofía en San Miguel. Pidió trabajo en sesenta colegios y solo consiguió una hora de clase en una escuela salesiana. Tres meses después, renunció por un puesto de ordenanza en la ex Entel, porque ganaba más.

En la empresa conoció a una mujer con dos años de viudez y una hija. Se casó con ella dos años más tarde y se fue de luna de miel con su familia. “Dios quiso que tuviera una familia, y esta familia está conformada así. No soy quién para desarmar un hogar. Me sentía así yo. Pusimos a Dios en nuestra familia, y nunca nos abandonó”.

Siempre leyó la Biblia y se encomendó a Dios, pero dejó de ir a misa, de integrar una comunidad y no sabe por qué. Con su esposa tuvo su segundo hijo, y dos más llegaron por adopción. Allí aprendió algo más: “si no lo adoptas, nunca será tu hijo. Y resultaron dos hijos maravillosos”. Entonces, trabajó de noche para mejorar sus ingresos; así, su esposa pudo renunciar a su empleo y dedicar más tiempo a su hija adolescente.

Estudió programación por cuenta propia y ascendió al área de análisis y programación de la ex empresa estatal. Pasó al sector privado. Con otros socios, armó una empresa hasta que, finalmente, decidió trabajar solo; luego quebró por la crisis de 2001. “En la vida, todo es por un tiempo. Si uno se abre a lo nuevo, Dios te regala cosas y ensancha tu corazón”.

En la pascua de 2003, sintió que Dios le cuestionaba: “¿me vas a tomar en serio? Él dijo sí y fue a confesarse. Asistía a misa todos los días. Se integró en una comunidad. Su esposa lo siguió “sin presiones”. Inició una vida espiritual más fuerte que, con los años, lo llevaría a redescubrir su “amor por el altar” y a terminar de estudiar Teología en San Miguel. En 2007, la muerte “inesperada” de su compañera puso fin a sus 30 años de matrimonio.

Entonces, se le abrieron dos caminos. Se fue el amor de su vida. “¿A quién le diré te quiero? ¿Quién me va a decir que me quiere? ¿A quién voy a encontrar en la casa cuando vuelva? La soledad. Es un límite muy grande la muerte”. Por otro lado, Dios le decía “tranquilízate, tu esposa está conmigo”, y sentía “una paz terrible”.

Un día, al salir de misa, se preguntó: “¿para qué vuelvo a casa, si mi mujer no está? ¿Qué querrá Jesús que uno haga? Que nos ocupemos de los demás”. Se ocupó de ayudar a un linyera que estaba cerca de la estación de Don Torcuato. Luego de unos años, siguiendo el amor de Jesús, vivió una experiencia pastoral en Corrientes. Después de hablar con muchos sacerdotes y el arzobispo de Corrientes, finalizó su ordenación sacerdotal en abril de este año.

—¿Tu vida laical y matrimonial te da una mirada distinta en el ejercicio de tu ministerio, respecto a otros sacerdotes?


—Inevitablemente, te da la mirada del que estuvo viviendo. Mucha gente me dice mejor que usted no va a entender nadie. Yo hago una reflexión: no me acerco a un cura porque él tiene o no una vida matrimonial. Yo me acerco a un cura para que me haga seguir mejor a Jesús. A mí me pasó esto. Tenía mi vida matrimonial, después mi vida de viudo, y me acercaba al cura para que me guiara cómo seguir mejor a Jesús, dónde descubrirlo en mi vida. Para esto no necesitas estar casado. Hay una confusión ahí. Es una falsa relación. Yo no voy al cura para que sea mi consejero matrimonial. Mi matrimonio es parte de mi vida, pero quiero que me dé la mirada de Dios sobre mi matrimonio.

—En la homilía de tu ordenación, dijiste que “Dios no se enoja frente a las decisiones que uno elija”. ¿Qué quisiste decir?

—Yo lo viví cuando salí del seminario. Ese alejamiento que tuve de la Iglesia está enraizado en percibir a un Dios enojado, a un Dios que me decía estudiaste tanto, te preparé tanto, y ahora te vas. Después de este tiempo, vi que yo fui el hijo pródigo, y él, el padre amoroso. En la vida, Dios nos ama, no se enoja con nosotros. Esto llevó a preguntarme: ¿por qué quiero ser cura? Hay cosas que hace solo el cura: celebrar la eucaristía en una comunidad. Es la acción de gracias de una comunidad, con Jesús al Padre. También le presta su vida a Dios para que él sea el padre misericordioso que abraza, perdona y alienta, que sabe que todo es un proceso.

—Se escucha habitualmente a los sacerdotes pedir sobre las vocaciones religiosas, ¿cuál es su visión sobre el tema?


—¿Por qué los católicos somos cada vez menos en el templo? ¿Por qué nuestros hermanos evangélicos tienen más católicos que deberían estar en la misa, en lugar de estar en sus reuniones? Padecemos un gran problema. Las palabras que usamos en nuestra iglesia no sabemos qué quieren decir. ¿Eucaristía, redención? Vemos a gente en la iglesia hace años, no sabemos cuál es su nombre. No nos sonreímos. No nos saludamos. No vivimos la hermandad y hacemos cola para saludar al cura. Se nos vacía la iglesia. No lo dejamos actuar al Espíritu Santo. ¿Qué vocaciones pretendemos que salgan de ahí?

—¿Con cambiar esto basta?

—No. Nuestra cultura dice primero yo y después yo. Dedícate a todos tus placeres, a todo lo que sientes. Es una cultura que a la larga te destruye. Nosotros hacemos el famoso cumplimiento: cumplo y miento, porque mi vida va por otro lado. Dios nos llama a una profunda conversión: ¿Amo a Dios sobre todas las cosas? ¿Sobre todas? ¡Que Dios no se meta en mi economía! El manejo de la plata es mi tema. La familia es otro tema, mi sexualidad, otro; y otro tema es mi religión. Es un tema de testimonio.

—¿Qué opinan sus hijos de su decisión de ser sacerdote?

—Un hijo está superorgulloso. No sé bien por qué, ya que no practica (la fe). Es feliz, publica fotos en su página de facebook. El otro está más callado. No es de hablar demasiado, pero siempre está. “¿Viejo qué necesitas?”. Él y su novia están acompañándome; “pata” cien por cien. El tercero siente que perdió a su papá. Está elaborando un duelo: mi padre murió, me abandonó. Debe estar sufriendo mucho. Después está el último. Te lo resumo así: “A mi padre se le voló una chapita de la cabeza, y se volvió medio loco. A esta altura de su vida que podría estar viajando, tener un buen pasar, se fue a meter en un lugar donde hay mosquitos, le puede agarrar el dengue. No sé qué le pasa, pero es feliz”.

—¿Y sus nietos?

—Están también divididas las opiniones. Uno que mira la situación como algo bueno. El otro no entiende nada, no cierra en su mundo eso de meterse de cura.

La nota fue realizada para la Editorial San Pablo.
Autor: Adrián Hernandez
adrian11hernandez@gmail.com


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