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VIERNES 1 DE JULIO: Fiesta en “Sagrado Corazón de Jesús”

 

La comunidad de la Parroquia “Sagrado Corazón de Jesús”, ubicada en República del Líbano 250, celebra mañana su Fiesta Patronal.
A las 6,30 rezo del Rosario y a las 7 santa Misa. Entre las 8 y las 11 visita al Sagrado Corazón con Adoración al Santísimo guiada.
A las 15,30 Procesión por las calles del barrio, luego santa Misa. La jornada finalizará con la Celebración de la Eucaristía de las 20.

Devoción

La devoción al sagrado corazón es devoción a Cristo mismo. En las representaciones artísticas no está permitido mostrar el corazón solo. Hay que representar a Cristo en su humanidad completa, porque él es el objeto de nuestra adoración y hacia él se dirige nuestra oración: "Venid, adoremos al corazón de Jesús, herido por nuestro amor".
Cuando hablamos del corazón de Jesús o de un corazón humano, ¿qué queremos decir? ¿Nos referimos a un órgano humano o a una metáfora? Eso depende del contexto de nuestro discurso; pero, según Karl Rahner en una reflexión filosófica sobre el tema "corazón", es uno de esos términos primordiales que encierran un rico significado y valor y apuntan a todo un mundo de realidades. El corazón representa el ser humano en su totalidad; es el centro original de la persona humana, el que le da unidad. El poeta Yeats habló del "núcleo profundo del corazón". El corazón es el centro de nuestro ser, la fuente de nuestra personalidad, el motivo principal de nuestras actitudes y elecciones libres, el lugar de la misteriosa acción de Dios
A pesar de que en las profundidades del corazón puede existir el bien y el mal, el corazón es símbolo de amor. Según Rahner, la más íntima esencia de la realidad personal es el amor. Y puesto que Cristo tuvo un amor perfecto, su corazón es para nosotros el perfecto emblema del amor. Su corazón fue saturado de amor perfecto al Padre y a los hombres. Nosotros aprendemos lo que es amor tratando de comprender algo del amor de Cristo. Su amor es totalmente, pero no solamente, humano, porque en él nos encontramos con el misterio de un amor humano-divino. El corazón humano de Cristo está hipostáticamente unido a su divinidad. El amor de Dios se ha encarnado en el amor humano de Cristo.
El amor de Dios hacia el hombre existía desde toda la eternidad. Los textos del Antiguo Testamento abundan de esta evidencia. "Con amor eterno te he amado", declara Yavé a su pueblo por medio del profeta Jeremías (Jer 31,2). La liturgia de esta fiesta está sacada de los siguientes textos. La antífona de entrada de la misa es del salmo 32: "Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para liberar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre". La respuesta al salmo responsorial es como sigue: "La misericordia del Señor dura por siempre para los que cumplen sus mandatos". Las lecturas del Antiguo Testamento para los tres ciclos proclaman el amor de Dios para con su pueblo, demostrando cómo lo eligió y lo salvó, estableció con él un pacto, lo condujo con suavidad y con andaderas de amor y fue un buen pastor para él.
Si ya el Antiguo Testamento revela el gran corazón de Dios, el Nuevo Testamento lo manifiesta completamente. San Juan, heraldo de la encarnación y del amor de Dios, sólo acierta a exclamar: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó por él a su Hijo único" (Jn 3,16). El amor de Cristo por el Padre y hacia el hombre caído, al que vino a salvar, lo llevará a la muerte, y una muerte de cruz. El mismo declaró: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). El sufrimiento y la muerte en cruz de Jesús son una muestra de su amor por nosotros. San Pablo se maravillaba frecuentemente pensando en ello: "Dios mostró su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom 5,8). San Pablo experimentó ese amor en un nivel personal profundo: toda su vida fue vivida en la fe en el Hijo de Dios, "el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gál 2,20).
La contemplación de este misterio debería conducirnos a una respuesta múltiple. Debería suscitar en nosotros sentimientos de fe, amor y adoración. ¿También compasión? También ella tiene su parte en nuestra devoción, con tal de que no olvidemos que Jesucristo, ahora en su gloria, no puede sufrir. Pero el pensamiento de lo mucho que padeció en manos de los hombres puede suscitar sentimientos de compasión. Compadecer a Cristo en sus sufrimientos y penas no es un fenómeno moderno. Ha formado parte de la piedad cristiana desde tiempos muy remotos, y alcanzó su máxima expresión en la Edad Media. La compasión no está totalmente ausente de la liturgia. Se encuentra de forma discreta, pero inconfundible, en las celebraciones de semana santa; por ejemplo, en los "improperios" del viernes santo: "Pueblo mío, ¿qué te he hecho.. ?" Ciertamente, la meditación de los sufrimientos de Cristo debería suscitar en nosotros el dolor de los pecados, de los nuestros propios y de los del mundo. Pero hay también lugar para el gozo, gozo de conocer que somos tan amados y que ha triunfado el amor.
Sin embargo, nuestra devoción no debe quedarse en el nivel del sentimiento. La palabra latina devotio tiene mucha más fuerza que la de sus equivalentes en las lenguas actuales. En el contexto religioso indica servicio dedicado y voluntad decidida de hacer la voluntad de Dios. Sugiere culto no solamente de tipo litúrgico, sino de nuestras vidas completas. Esta devoción se realiza aceptando la invitación de Cristo a tomar nuestra cruz y seguirle. La Iglesia, y sus miembros individualmente, deben completar, de una manera misteriosa, lo que falta a los sufrimientos de Cristo. Todos tenemos el privilegio de tomar parte en la obra redentora de Jesús. Como observa Rahner: "A nosotros, que tomamos parte en el destino de su amor en el mundo, nos está permitido y, además, se nos exhorta a continuar su pasión y muerte en el cuerpo místico de la Iglesia hasta el fin de los tiempos" (Fuente: encuentra.com)


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