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:: Año Sacerdotal, Mes de Junio: Monseñor Castagna reflexiona sobre Santo Toribio de Mogrovejo
En este mes de Junio el Arzobispo Emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, nos regala una reflexión sobre la vida y la obra de Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima (Perú) y Santo Patrono del Episcopado Latinoamericano.
Improvisado y formidable Pastor.
Hemos llegado a la conclusión del Año Sacerdotal. Para los pueblos de Latinoamérica el Arzobispo de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, encarna la auténtica imagen de la Iglesia Católica: misionera, cercana al pueblo humilde, particularmente representado por los indígenas, afroamericanos y mestizos. Laico virtuoso, abogado y profesor de leyes en la Universidad de Salamanca, atrae la mirada del Emperador Felipe II que lo propone al Papa Gregorio XIII para ser Arzobispo de Lima. Nombrado en marzo de 1579, recibe todas las órdenes sagradas en Granada y, de inmediato, la Ordenación episcopal en Sevilla. Ya instalado en su sede de Lima comienza su ardua y excepcional tarea pastoral. La jurisdicción que le corresponde abarca todo el dominio colonial español, desde la población de Lambayeque hasta la ciudad de Quito. Apenas llegado, comprueba un gran debilitamiento de la vida cristiana en la población; su antecesor había muerto seis años antes y, mientras tanto, algunos abusos se habían instalado en la sociedad sin una autoridad moral que los detuviera. A las excusas de los poderosos, que argumentan: “es la costumbre”, el santo responde: “Cristo es verdad y no costumbre”. En lo sucesivo es ésa la base normativa de su extraordinaria actividad pastoral y misionera.
Ministerio y heroicidad de las virtudes.
Es muy difícil lograr la síntesis de una vida como la de este formidable Pastor de la Iglesia. En mi ánimo está señalar su fisonomía de santidad, como lo he intentado en las semblanzas anteriores. La magnitud de su ministerio pastoral se identifica con la heroicidad de sus virtudes. El hombre, buen cristiano, concluye en el Santo Pastor que resulta ser. Es elegido con un método inapropiado, hoy afortunadamente desechado, me refiero al “derecho de patronato”, que ejercen entonces algunos privilegiados monarcas, y que pretenden conservar los gobiernos ya emancipados del poder colonial. Toribio Alfonso de Mogrovejo y Robledo, exitoso profesor de la Universidad de Salamanca y cristiano muy virtuoso, después de su Ordenación, viaja al lejano Perú donde lo aguarda su sede. Asume como Arzobispo el 12 de mayo de 1581. Se dedica inmediatamente a restablecer la vida religiosa de sus fieles. Para ello recorre, durante 25 años, el enorme territorio de su jurisdicción, ausentándose de la sede por espacio de hasta seis años. Emprende a pie y, a veces solo, caminos geográficamente aún no señalados, con el riesgo de ser atacado por bandidos e indígenas poco amistosos.
Activo Pastor.
Su personalidad se manifiesta en la firmeza con que conduce su extensa Jurisdicción eclesiástica. El equilibrio, manifestado en las circunstancias históricas que enfrenta como Pastor, no dispone de otra explicación que su gran espiritualidad. Aquel hombre vigoroso, formado para hacer de la ley el instrumento válido del orden social, sabe hacer predominar la misericordia como expresión cabal de la verdad. El prestigio de la investidura recibida favorece su acción en bien de su pueblo, pero, no neutraliza los sinsabores provenientes de las intrigas políticas de entonces. Delante de Dios, y en servicio de su enorme grey, diseña un plan de acción pastoral que lo convierte en un santo andariego. Recorre la extensísima geografía colonial en penosos viajes, bautiza y confirma cerca de quinientas mil personas, entre ellas a Santa Rosa de Lima, San Martin de Porres y San Juan Macías. Se revela como intrépido defensor de la dignidad de los indígenas, frecuentemente maltratados por los colonizadores, y reclama con valentía que sean respetados sus derechos. Convoca y preside el tercer Concilio Limense (1582-1583) al que asisten prelados de toda Hispanoamérica y en el que tratan asuntos relativos a la evangelización de los indígenas. Su andar misionero produce adelantos viales de gran necesidad, construye escuelas, capillas, hospitales, conventos y funda el primer Seminario Americano en Lima (1591) que en la actualidad lleva su nombre.
Al encuentro del pueblo.
El Arzobispo Toribio de Mogrovejo extrae su extraordinaria vitalidad misionera de la santidad de su vida. De otra manera no hubiera sido lo que fue. Los testimonios de quienes lo conocieron dan cuenta de su extraordinaria vida de oración, de sus mortificaciones, de su dedicación a la gravísima tarea de Pastor que la Iglesia le encomienda. Deseo subrayar sus Visitas Pastorales de estilo netamente misionero. Su propósito de estar cerca del pueblo, principalmente de los indígenas y pobres, inaugura una forma pastoral que marca, en adelante, la acción evangelizadora de los principales agentes latinoamericanos: Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Muy posteriormente a su tránsito, los ya numerosos Obispos de Latinoamérica celebran cuatro Conferencias episcopales que recogen fielmente el espíritu, el pensamiento y la práctica del Santo Arzobispo: Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. Por ser quién fue, el Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II lo proclama Patrono del Episcopado Latinoamericano (1983). Ese celestial patronazgo indica, y lo indicará en lo sucesivo, un estilo pastoral de la Iglesia Latinoamericana animado por obispos misioneros, cercanos a los más pobres, testigos incorruptibles del Evangelio. Entre ellos se destacan algunos santos y mártires, históricamente muy cercanos a nosotros.
Reivindicador de la santidad en la acción pastoral
. En esta gesta apostólica, acreditada por la santidad de Toribio, junto a los obispos están los presbíteros, los diáconos y los misioneros laicos. La estabilidad y permanencia en ministerios de diverso orden contribuyen a la extensión y eficacia de la acción evangelizadora. Debemos agradecer al Concilio Vaticano II la recuperación de esta olvidada disciplina apostólica. Santo Toribio, como todos los sacerdotes santos, reivindica la necesidad de la santidad en el ejercicio del ministerio sagrado y en el de la misión universal de toda la Iglesia: la evangelización. Pero es el “estilo”, inaugurado por el Santo, el que recobra su necesidad hoy. Incluye la formación inicial y permanente de los candidatos a las Órdenes sagradas y, de manera particular, de quienes son convocados a suceder a los Apóstoles mediante el servicio episcopal. La intención del Papa, al proponer a Santo Toribio como Patrono del episcopado latinoamericano, es presentar un modelo de vida apostólica a los obispos del joven Continente. Como aquel santo Pastor, los obispos de la actual Latinoamérica están desafiados por un territorio geográficamente enorme, a medio poblar, por el fenómeno de una pobreza escandalosa y de un subdesarrollo cultural, económico y político de difícil superación inmediata. Santo Toribio responde, en su tiempo, a esos desafíos, llevando el Evangelio a los más remotos lugares y presentando, con particular osadía pastoral, todas las exigencias emanadas de su anuncio y celebración. El buen Pastor no vacila en acompañar la vida del pueblo “en desarrollo”, acosado por los conflictos causados por la injusticia, y dar cauce evangélico a su legítimo anhelo de libertad. Los incomodados, por la presencia dinámica del santo Obispo - eficaz formador de conciencias - procurarán acallarlo y desalentar sus extensas Visitas Pastorales, acudiendo a sus superiores de Roma y de España, con el fin de reducir y aguachentar su incansable acción misionera.
El fin humilde de un grande.
Cambian las circunstancias, pero, el hombre reedita la lucha por construir su historia y resolver los enigmas innegables de su vocación al amor y a la eternidad. La multisecular historia de la Iglesia registra el protagonismo de algunos santos que han orientado evangélicamente su marcha. Santo Toribio de Mogrovejo ha recogido las angustias y esperanzas del Continente Latinoamericano, confirmando proféticamente su identidad cristiana, nacido de la pobreza de Nazaret y envuelto en un prodigio mariano único y constante. No hay mucho más que decir en estas breves páginas. Prefiero concluir con el relato de su muerte, cerrando su última Visita Pastoral, como consta en los anales de la época: “A los sesenta y ocho años, Toribio de Mogrovejo cayó enfermo en la población de Pacasmayo, al norte de Lima, pero aún así continuó trabajando hasta el final, llegando a la ciudad de Saña en condición agonizante. Allí hizo su testamento en el que dejó a sus criados sus efectos personales y a los pobres el resto de sus propiedades. Murió a las tres y media de la tarde del Jueves Santo, el 23 de marzo de 1606, en el Convento de San Agustín”. Fue canonizado el 10 de diciembre de 1726 por el Papa Benedicto XIII.
Que el Santo Arzobispo de Lima interceda para que la gracia, que lo promovió a la santidad, logre una verdadera renovación en quienes debemos recoger su herencia y hacer del “Continente de la esperanza” una realización ejemplar de la caridad cristiana.
Monseñor Domingo Salvador Castagna:
http://www.dscastagna.com.ar/
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