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Aportación a las reflexiones en el Bicentenario de la Patria
a la luz del documento Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad
Legislatura de Resistencia, 20 de mayo de 2010
Introducción
En “La Patria” –un poema de Julio Cortázar–, el autor traza en dos versos la esencia del ser argentino: “ser argentino es estar lejos, es estar triste”. Creo que hay algo de cierto en esa descripción sobre nuestro modo de ser, pero también pienso que esa respuesta no abarca todo lo que somos. No obstante, es una definición que nos hace pensar. En efecto, la lejanía produce tristeza. La ausencia de noticia sobre lo que deberíamos ser, duele. Es esa añoranza de algo que debería estar y, sin embargo, no está. En ese sentido, la añoranza más profunda del hombre es Dios, porque fue creado a su imagen y semejanza, y –como dice san Agustín– “nos has hecho para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.” La lejanía y la ausencia se mitigan con la cercanía y la presencia. El Bicentenario es una oportunidad para estar presentes y cercanos unos de otros, haciéndonos cargo entre todos del presente que nos toca vivir. Entonces, Dios que es presencia y cercanía, también estará con nosotros.
Nadie duda de la necesidad que tenemos de realizar cambios profundos en nuestra convivencia social y política. A los complejos problemas que debemos enfrentar se suma la enorme dificultad que tenemos para acercarnos y confiar en el otro. La lejanía nos aleja de la verdad y eso lleva a la tristeza, a la desconfianza y termina dañando el tejido social. Debemos enfrentar nuestros problemas confiando en las reservas morales y en los profundos valores que son el sustento de nuestra convivencia (n. 30) , mediante el camino del diálogo sincero, respetuoso y abierto. Nadie puede pensar que el engrandecimiento del país sea fruto del crecimiento de un solo sector, aislado del resto (n. 15).
La ausencia de diálogo provoca lejanía. Algo de esto hubo en la rateada virtual con la que nos sorprendieron los adolescentes y los jóvenes. Es una señal que debe hacernos pensar. Esto no se resuelve con policía ni con un mero control de padres y docentes. Aquí hay algo más hondo y más serio: la realidad ha traído aparejada una crisis de sentido , dejando en su lugar vacío y desorientación. El ser humano, sobre todo el más frágil –como son los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, principalmente los más pobres–, o sucumbe ante esa realidad o reacciona con diversas formas de violencia, porque en el fondo percibe que la vida que está viviendo no vale la pena, que no fue creado para eso y “añora” vivir con sentido y plenitud su existencia. Pero, al no tener suficiente noticia sobre la misma, ignora en qué consiste y reacciona desbordándose.
Más allá de lo anecdótico de ese fenómeno, el Bicentenario, en medio de una realidad compleja y desafiante, se nos presenta como una oportunidad, nos abre a una esperanza nueva y reclama de cada argentino un compromiso responsable. El Episcopado argentino, en vista de este mango acontecimiento, elaboró el documento Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad. Quisiera compartir con ustedes algunos aspectos de ese documento, que considero útiles para la reflexión y para orientar la acción que nos exigen los tiempos que vivimos.
I El Bicentenario: una oportunidad
El Bicentenario es una oportunidad extraordinaria: la podemos aprovechar o perder, depende de nosotros. Como todo aniversario, es una oportunidad para encontrarnos, o mejor, para reencontrarnos y celebrar. Aprovecharemos esta oportunidad si hacemos todo lo posible para encontrarnos y restablecer la confianza. Como sucede en todo aniversario, se benefician los que se encuentran y participan. Cuando un aniversario se vive en clima de encuentro y de fiesta, ofrece una excelente ocasión para renovar los vínculos entre quienes participan y esa renovación abre nuevos horizontes de futuro y genera desarrollo y bienestar para todos. Porque “nadie puede pensar que el engrandecimiento del país sea fruto del crecimiento de un solo sector, aislado del resto (n. 15). Para ello, se desea implicar “a todos nuestros hermanos que habitan esta bendita tierra” (n. 1).
“Hacia un Bicentenario…”, precisamente porque alienta al diálogo, no pretende ofrecer una propuesta exhaustiva y detallada para resolver los problemas actuales del país. Más bien expresamos la necesidad de buscar acuerdos básicos y duraderos, mediante el diálogo que incluya a todos los argentinos, valorando como un don la pluralidad de miradas sobre la cuestión social y política (n. 6). La Iglesia “tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia a favor de una sociedad a la medida del hombre, de su dignidad y de su vocación” , recordó hace poco el Papa Benedicto XVI. Nuestro documento responde a esa misión propia de la Iglesia.
II Una esperanza
El texto tiene siete apartados, cuyos títulos son: Aportes para una nueva Nación; La celebración del Bicentenario (2010-2016; Juntos para un nuevo proyecto de país; Un nuevo acuerdo sobre políticas públicas; Qué estilo de liderazgo necesitamos hoy; Nuevas angustias que nos desafían; Metas a alcanzar a la luz del Bicentenario.
Los títulos generan la expectativa de algo nuevo. Se mira la realidad con esperanza, una realidad que motiva el anhelo que tenemos de ser Nación. Se constata que “está por nacer un país nuevo, aunque todavía no acaba de tomar forma” (n. 2). Esa esperanza nace “gracias al diálogo”, porque nos permitió vivir “aprendizajes cívicos importantes. De manera institucional, logramos salir de una de las crisis más complejas de nuestra historia. Elegimos la no-violencia y se establecieron programas específicos para el cuidado de los más débiles. La experiencia histórica nos ha demostrado que por el camino de la controversia se profundizan los conflictos, perjudicando especialmente a los más pobres y excluidos” (n. 2).
En ese párrafo se apuntan tres temas de fondo que luego atraviesan todo el documento: el valor de la institucionalidad, el urgente cuidado de los más pobres y excluidos, y la necesidad del diálogo. Los números del 3 al 6 se detienen en esos tres temas, de los cuales queremos destacar lo que sigue.
- Hay mayor conciencia institucional. “A partir de las crisis vividas, ya nadie se cuestiona la necesidad de un Estado activo, transparente, eficaz y eficiente. Crecimos en la promoción de los derechos humanos, aunque todavía debemos avanzar en su concepción integral, que abarque a la persona humana en todas sus dimensiones, desde la concepción hasta la muerte natural. También maduramos en la aceptación del pluralismo, que nos enriquece como sociedad, aunque todavía persisten resabios de antiguas intolerancias” (n. 3).
- Opción por la no-violencia, sostenida por una nueva conciencia sobre la inutilidad de la controversia, que profundiza los conflictos y perjudica especialmente a los más pobres y excluidos (2). Esto crea condiciones más favorables “para proyectar, como prioridad nacional, la erradicación de la pobreza y el desarrollo integral de todos” (5). Por eso, “anhelamos poder celebrar un Bicentenario con justicia e inclusión social. Estar a la altura de este desafío histórico, depende de cada uno de argentinos.
- Experiencia y valoración del diálogo. Es, primariamente, un problema moral que nos afecta en nuestra dignidad más esencial y requiere que nos decidamos a un mayor compromiso ciudadano (5). Se expresa la necesidad de buscar acuerdos básicos y duraderos, mediante un diálogo que incluya a todos los argentinos (6) y se destaca como un don la pluralidad de miradas sobre la cuestión social y política (6). Pero se advierte en forma tajante que “nunca llegaremos a la capacidad de dialogar sin una sincera reconciliación, lo cual requiere renovar una confianza mutua que no excluya la verdad y la justicia (19).
Hay una visión positiva sobre nuestro pasado: “Estamos agradecidos por nuestro país y por las personas que lo forjaron, y recordamos la presencia de la Iglesia en aquellos momentos fundacionales” (n. 7). Sólo desde una “memoria positiva”, que no significa memoria ingenua, pero siempre memoria reconciliada, se puede construir el presente y tener esperanzas hacia adelante. Más adelante leemos que: “Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro” (n. 9).
En el número siguiente se hace un elenco de esos valores y se concluye diciendo que: “Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina” (n. 10).
III Un compromiso
Juntos para un nuevo proyecto de país
Luego de recordar que nuestra patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad, un regalo que debemos cuidar y perfeccionar, en los números 11 y 12 se advierte sobre el peligro al que nos exponemos cuando priman intereses particulares y egoístas sobre el bien común, y posturas intransigentes que nos fragmentan y dividen. Se recoge la opinión generalizada sobre la necesidad de que los argentinos nos pongamos de una vez por todas, como ya se había dicho en Iglesia y Comunidad Nacional (1981), a buscar entre todos una “leal convergencia de aspiraciones e intereses entre todos los sectores de la vida política con miras a armonizar el bien común, el bien sectorial y el bien personal, buscando una fórmula de convivencia y desarrollo de la pluralidad dentro de la unidad de objetivos fundamentales”, es decir, de elaborar un proyecto de país (n. 13).
Para ello, “es indispensable procurar consensos fundamentales que se conviertan en referencias constantes para la vida de la Nación, y puedan subsistir más allá de los cambios de gobierno” (n. 14). Para que esto sea posible se “requiere la participación y el compromiso de los ciudadanos, ya que se trata de decisiones que no deben ser impuestas por un grupo, sino asumidas por cada uno, mediante el camino del diálogo sincero, respetuoso y abierto. Nadie puede pensar que el engrandecimiento del país sea fruto del crecimiento de un solo sector, aislado del resto” (n. 15).
Un nuevo acuerdo sobre políticas públicas
Este apartado empieza recordando que “el diálogo es esencial en la vida de toda familia y de cualquier construcción comunitaria” (n. 16) y lo reitera en cada uno de los números que sigue, remarcando que “sólo el diálogo hará posible concretar los nuevos acuerdos para proyectar el futuro del país y un país con futuro” (n. 18). Además, advierte que “estamos ante un momento oportuno para promover entre todos un auténtico acuerdo sobre políticas públicas de desarrollo integral” (n. 18).
El n. 19 añade una nota sustancial al proceso del diálogo, indicando que “nunca llegaremos a la capacidad de dialogar sin una sincera reconciliación. Se requiere renovar una confianza mutua que no excluya la verdad y la justicia (…) Porque mientras haya desconfianzas, éstas impedirán crecer y avanzar, aunque las propuestas que se hagan sean técnicamente buenas (…) Importa cicatrizar las heridas, evitar las concepciones que nos dividen entre puros e impuros, y no alentar nuevas exasperaciones y polarizaciones, para no desviarnos del gran objetivo: contribuir a erradicar la pobreza y la exclusión. Por eso, soñamos con un Bicentenario de la reconciliación y de la unidad de los argentinos”.
El n. 19 es muy importante y clave para hacer posible un nuevo proyecto de país, que se base en un nuevo acuerdo sobre políticas públicas y esté animado por un nuevo liderazgo que hoy tanto necesitamos.
Un nuevo estilo de autoridad: liderazgo y servicio
En el documento se formula la pregunta ¿qué estilo de liderazgo necesitamos hoy? Ante todo, la respuesta parte reconociendo cuál el fundamento de todo poder y de toda autoridad: servir a Cristo, sirviendo a nuestros hermanos (n. 20). A continuación, se constata una carencia de nuevos estilos de liderazgo, tanto sociales y políticos, como religiosos y culturales.
En consecuencia, se afirma que es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común. E inmediatamente retoma el fundamento sobre el cual, el verdadero dirigente, deberá construir su liderazgo: el testimonio personal. ¿Qué significa construir el liderazgo sobre el testimonio personal? La respuesta es: coherencia y ejemplaridad. Si no hay coherencia, tampoco podrá haber ejemplaridad. Una comunidad no puede desarrollarse si sus dirigentes no son coherente y ejemplares, tanto en su vida privada como en la función pública. ¿Cuáles son los valores propios de los auténticos líderes?: “la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida” (n. 20).
Por último, encontramos palabras de aliento para los líderes de las organizaciones de la sociedad, a los educadores, comunicadores sociales, profesionales, técnicos, científicos y académicos, que se esfuerzan por promover una concepción integral de la persona humana. A todos ellos se les pide “que reafirmen su dignidad y su vocación de servicio constructivo. Uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo es recuperar el valor de toda sana militancia” (n. 23). El crecimiento espiritual de un pueblo hace posible que haya hombres rectos en la política y la economía, que se comprometan con la justicia y que estén sinceramente atentos al bien común .
Para aspirar a la ansiada unidad de los argentinos, es preciso un liderazgo que esté a la altura de ese objetivo. Como en una familia: si no hay un liderazgo de servicio es muy difícil que esa comunidad se mantenga unida y camine hacia un objetivo común. “El verdadero fundamento de todo poder y de toda autoridad está en servir a Cristo, sirviendo a nuestros hermanos”. Citando al Papa Benedicto XVI, leemos en el n. 21 que en una época “caracterizada por la carencia de nuevos estilos de liderazgo, tanto sociales y políticos, como religiosos y culturales, es bueno tener presente esta concepción del poder como servicio”.
En el n. 23, después de alentar a ser “nuevos dirigentes, más aptos, más sensibles al bien común, capacitados para la renovación de nuestras instituciones”, señala que “uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo es recuperar el valor de toda sana militancia”
Nuevas angustias que nos desafían
En atención a la brevedad, enumero las nuevas angustias que se perciben y nos desafían:
- Han surgido formas inéditas de pobreza y exclusión que reducen a categorías de “sobrantes y desechables” a los excluidos.
- La nueva cuestión social, que abarca tanto la situación de exclusión económica como las vidas humanas que no encuentran sentido a la vida.
- No se ha logrado reducir sustancialmente el grado de la inequidad social.
- La grave situación de la educación en nuestra patria. Nos hallamos ante una profunda emergencia educativa.
- El gravísimo problema del endeudamiento del Estado.
- No se ha podido erradicar un histórico clima de corrupción. Tampoco el mal del clientelismo político.
- Continúa la marginación de los aborígenes y de los inmigrantes pobres.
- Es preocupante la situación de los adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan.
- Es escandaloso el creciente consumo de drogas cada vez a más temprana edad.
- En todo el país se ha multiplicado la oferta del juego.
- La población está afectada por la violencia y la inseguridad.
Este apartado finaliza recuperando la inmensa tarea de las mesas del Diálogo Argentino e iniciativas, cuya experiencia puede ayudar a la construcción de un nuevo proyecto de país (n. 30).
Metas a alcanzar a la luz del Bicentenario
Antes de pasar a las metas, leemos en el texto que “los dramas que hemos descrito y que afectan fundamentalmente a los más desprotegidos, están íntimamente relacionados con profundas carencias morales y estructurales” (n. 31). Por eso, la primera meta que se señala es la familia y la vida. Destaco las primeras cuatro y me limito al enunciado de las otras.
- Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas. Todo lo dicho será siempre provisorio y frágil, sin una educación y una legislación que transmitan una profunda convicción moral sobre el valor de cada vida humana. Nos referimos a la vida de cada persona en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural. Especialmente pensamos en la vida de los excluidos e indefensos. También en la vida de las familias, lugar afectivo en el que se generan los valores comunitarios más sólidos y se aprende a amar y a ser amado. Allí se ilumina la vida afectiva privada y promueve el compromiso adulto con la vida pública y el bien común. Alentamos a las familias a participar y organizarse como protagonistas de la vida social, política y económica (n. 32).
- Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo. Una amistad social que incluya a todos, es el punto de partida para proyectarnos como comunidad, desafío que no hemos logrado construir en el transcurso de nuestra vida nacional. “Es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración” .
- Alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables. El habitante hace uso de la Nación, busca beneficios y sólo exige derechos. El ciudadano construye la Nación, porque además de exigir sus derechos, cumple sus deberes . Hay una carencia importante de participación de la ciudadanía como agente de transformación de la vida social, económica y política. Los argentinos hemos perdido el miedo a la defensa de nuestros derechos, pero la participación ciudadana es mucho más que eso. El verdadero ciudadano intenta cumplir todos los deberes derivados de la vida en sociedad.
- Fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad. Aunque a veces lo perdamos de vista, la calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución, cuyo deficiente funcionamiento produce un alto costo social. Resulta imprescindible asegurar la independencia del poder judicial respecto del poder político y la plena vigencia de la división de los poderes republicanos en el seno de la democracia. La calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión social. Asimismo, debemos fortalecer a las organizaciones de la sociedad.
- Mejorar el sistema político y la calidad de la democracia.
- Afianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes.
- Implementar políticas agroindustriales para un desarrollo integral.
- Promover el federalismo.
- Profundizar la integración en la Región.
Conclusión
Václav Havel, fue el presidente de la República Checa, que gobernó la transición del sistema soviético hacia la democracia. Al asumir el gobierno dijo entre otras cosas: “Lo peor es que vivimos en un medio moral podrido. Estamos moralmente enfermos, porque nos hemos acostumbrado a decir algo diferente de lo que pensamos. Hemos aprendido a no creer en nada, a no reparar el uno en el otro, cada uno se ocupa de sí mismo. Nociones tales como amor, amistad, compasión, humildad o perdón han perdido dimensión y profundidad; y para muchos de nosotros significan una peculiaridad psicológica, las interpretamos como mensajes errantes de otros tiempos, un poco ridículas en la era de las computadoras y los cohetes espaciales”. Y en otro pasaje advirtió que “Hoy nuestro peor enemigo está representado por nuestros propios defectos: la indiferencia por los asuntos de la comunidad, la vanidad, la ambición, el egoísmo, las pretensiones personales y la rivalidad. La batalla principal aún nos espera en este campo”.
“Los auténticos cambios sociales son efectivos y duraderos solo si están fundados sobre un cambio decidido de la conducta personal (…) A las personas compete el desarrollo de las actitudes morales, fundamentales en toda convivencia verdaderamente humana (justicia, honradez, veracidad, etc.), que de ninguna manera se puede esperar de otros o delegar en las instituciones” .
Ahora bien, la experiencia nos enseña que ese “cambio decidido” no es fácil. Es más, creemos que un cambio de raíz, lo cual supone arrancar la conducta mentirosa e injusta, y plantar en su lugar una conducta que busque sinceramente la verdad y el bien de los otros y se ponga a su servicio, es un don de Dios y no mero resultado del esfuerzo personal. Estamos llamados a subir, es cierto; pero es Él quien nos sube. Para dejar que él nos levante es necesaria una gran dosis de humildad, condición indispensable para un verdadero cambio. Y no habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística de servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político (n. 22). La dirigencia tiene en esto una responsabilidad histórica e indelegable.
Antes de finalizar, comparto con ustedes unos versos de Leopoldo Marechal, dedicados a un gobernante, que dicen así:
Por la mañana, cuando te levantes,
Piensa en el nuevo día;
Y no te olvides que al salir el sol
Entrarás en un campo de batalla…
Ángeles y demonios pelean en los hombres:
El bien y el mal se cruzan invisibles aceros.
Y has de andar con el ojo del alma bien alerta,
Si pretendes estar en el costado limpio de la batalla.
Concluyo con la oración que está al final del documento: “[Al Señor Jesús] le pedimos que los argentinos, todos juntos, podamos hacer de esta bendita tierra una gran Nación justa y solidaria, abierta al Continente e integrada en el mundo.” (41).
Mons. Andrés Stanovnik
Arzobispo de Corrientes
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