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2019-05-25 | 
Homilía para el Tedeum

Corrientes, 25 de mayo de 2019

A pocas a pocas horas de instalarse el Primer Gobierno Patrio, sus integrantes determinaron celebrarlo con un solemne Tedeum: “A Ti, Oh Dios, te alabamos”. De allí que a la Primera Junta le corresponde el honor de haber documentado la primera profesión de fe católica en nuestra historia independiente. A partir de esa decisión del Primer Gobierno Patrio, quisiera detenerme en Dios, que es a quien dirigimos nuestra gratitud por ese paso determinante que hemos dado hacia la libertad y la soberanía; y luego extraer las consecuencias que conlleva esa gratitud para nuestra vida cotidiana.
La experiencia y la razón nos dan a entender que un agradecimiento se dirige siempre a alguien conocido, a alguien de quien sabemos qué desea y qué piensa de nosotros, y con quien supuestamente quisiéramos alcanzar una cercanía y familiaridad más profundas. De no ser así, ese gesto de gratitud se convertiría en algo vacío y sin sentido. Nos parece obvio que, si estamos reunidos en el templo, nuestra gratitud se dirige a Dios. Si eso es así, significa que Dios está involucrado con nuestra historia, no es ajeno a lo que sucede en nuestra convivencia común, en la vida de nuestras familias; está atento a lo que ocurre en nuestras instituciones civiles, en la función pública, en la salud, el trabajo, la educación; en fin, con todas las expresiones que conforman el tejido social de nuestra vida en común y de su proyección hacia el futuro.
Si continuamos con la lógica de nuestro razonamiento, entendemos que a quien alabamos y a quien le agradecemos nuestra existencia, le interesa y preocupa, por ejemplo, la precariedad en la que vive mucha gente; la creciente inseguridad, los abusos de poder y la violencia intrafamiliar que padecen sobre todo los más frágiles, como son los niños y las mujeres; los pecados graves cometidos por algunos miembros de la Iglesia; ese vicio tan nuestro y que tanto daño produce de descalificar y agredir al que piensa distinto; el extravío y el desorden moral que nos impide el encuentro y la amistad para mejorar las condiciones de vida de los más postergados. En fin, ese Dios a quien nos dirigimos hoy, ¿tiene que ver algo con todo esto? Y si está involucrado, ¿dónde está? ¿Qué respuesta tenemos de él ante lo que nos está pasando, tanto de bueno como de malo? Estas preguntas dramáticas inquietan al hombre de todos los tiempos y todas las culturas.
Las respuestas que el ser humano ensayó a lo largo de su historia a esa cuestión existencial pueden resumirse en tres categorías. La que se imagina un Dios trascendente, poderoso y lejano; la otra entiende que no hay nada más allá y todo termina en la nada. Ninguna de estas ofrece la posibilidad del diálogo y del encuentro, y, en consecuencia, no tiene sentido dirigirle algún agradecimiento ni aun reprocharle algo. En cambio, la tercera respuesta parte de la original y desconcertante revelación de Dios que muestra a la vez cercano y trascendente; su modo de revelarse revoluciona cualquier otra concepción de Dios que hayan intentado elaborar las diversas culturas a lo largo de toda la historia humana.
El Dios de Jesús es un Dios personal que viene sorprendiendo al hombre desde Abrahám, con quien establece un vínculo personal. Durante siglos, de acuerdo con los testigos, ese Dios se manifestó siempre atento, preocupado e implicado en la historia concreta del Pueblo de Dios. La Biblia es la fascinante historia del diálogo que Dios, por su libérrima decisión, establece con el ser humano. Y eso fue posible porque nos creó a imagen y semejanza suya, por lo tanto, capaces de comunicarnos con él; lo llevó hasta sus últimas consecuencias acercándose a nosotros en la persona de Jesús como un peregrino más; él nos habló de Dios su Padre y nuestro Padre y nos mostró con su mensaje y su vida cuál es el camino para para no extraviarnos engañándonos con las más sutiles y perversas sugestiones del mal. Su camino consistió en hacerse cargo de nuestro gravísimo error al pretender quedarnos con todo, mal originario representado por el arquetipo de Adán y Eva, engaño que los llevó a romper el vínculo con Dios y, en consecuencia, al desconocerse imagen y semejanza de su Creador, rompieron los vínculos entre ellos y con la creación. Este drama acompaña al hombre en todas las dimensiones de su convivencia personal, familiar y social.
Jesús, muerto y resucitado, es el Dios que nos asocia a su destino de grandeza y nos enseña el camino de la libertad, de la autodeterminación y del encuentro. Nos devuelve la imagen y semejanza de Dios, y restituye la dignidad de toda persona humana. El Dios de Jesús no tiene nada que ver con la idea de un Dios trascendente y lejano, desentendido de los avatares y sufrimientos de los hombres. El Dios en quien creía el pueblo que en mayo de 1810 gritó ¡libertad!, lo hizo en su nombre y, ejemplarmente, llevó a cabo una revolución sin derramamiento de sangre. Debemos reconocer y lamentar que no siempre hemos logrado hacerlo de esa manera. Por eso, es importante volver a las raíces de nuestra gesta libertaria, que a su vez se hunden en la savia cristiana de los valores evangélicos, que van mucho más allá del siglo XIX y se pueden reconocer en la primera evangelización que recoge lo más esencial del mensaje cristiano en dos signos: la Cruz de los Milagros y la Virgen de Itaí. La Cruz es el signo liberador por el cual Jesús disolvió definitivamente el veneno de la venganza y el odio en su cuerpo, y nos asoció a su camino de amor y de libertad para que con él nos humanizáramos de acuerdo al sueño que Dios Padre tuvo al crearnos.
El pasado 27 de abril, en la provincia de La Rioja, la Iglesia beatificó a los mártires riojanos. Son cuatro y entre ellos quisiera destacar a Wenceslao Pedernera, un trabajador rural, catequista, casado con tres hijos. La madrugada del 25 de julio de 1976 cuando la familia Pedernera dormía golpearon la puerta y Wenceslao se levantó a abrirles a quienes ahí mismo le dispararon delante de su esposa e hijas. Su hija nos comparte que estando Wenceslao baleado en el suelo les decía: “Perdonen, perdonen esto, no guarden rencor”. Murió unas horas más tarde. Tenía entonces 40 años de edad. Una semana antes, en el entierro de los dos sacerdotes asesinados y beatificados recientemente, el obispo Angelelli habló sobre la necesidad del perdón. El laico Wenceslao, que estaba allí, dijo: "¡Qué difícil es ser cristiano, porque al cristiano se le exige perdonar!".
Ese es el Dios de Jesús, que nos desconcierta como desconcertó al beato Wenceslao, porque coloca como fundamento el perdón para cualquier convivencia humana que tenga la pretensión de durar en el tiempo. Pero ese perdón del beato no fue una conquista personal, sino un don de Dios, un don que Wenceslao fue cultivando en la amistad con Jesús, un don que recibió de él y que a su vez pudo transmitir aun en las circunstancias más extremas de su vida. Los cristianos fuimos bautizados y enviados a testimoniar la expresión máxima de la libertad que consiste en dar la vida y no en aferrarse a ella; en cuidarla y procurar desarrollarla para todos y en todas las etapas de la vida y no en seleccionar quién tiene derecho a vivir y quien no; en quien gozará de libertad y quien deberá vivir sometido a la voluntad del más fuerte.
La libertad es una nota esencial de la persona humana. En cambio, su opuesto, el sometimiento, no corresponde a la condición humana. Someter a otro, considerándolo inferior, es indigno de la persona. Cuando eso sucede, estamos en presencia de algo deplorable, algo sobre lo que espontáneamente coincidimos en que no debería existir jamás. Sin embargo, el sometimiento existe y para peor, se lo procura, sostiene y justifica como algo normal. El ser humano tiene una capacidad increíble para naturalizar aún las aberraciones más espantosas. La experiencia nos enseña que el ser humano es una existencia plagada de contradicciones. Por eso, el sabio de todos los tiempos y de todas las culturas, al indagar sobre la verdad de la condición humana, concluye que el hombre se autodestruye cuando edifica su vida sobre la soberbia, es decir, sobre sí mismo a partir de sí mismo y para sí mismo. El individualismo extremo, una forma social de la soberbia, que se promueve como cultura se basa en una mentira sobre el ser humano, porque reduce su propuesta al bienestar y el placer del individuo, y combate todo lo que se opone a ese proyecto: la paciencia en la convivencia conyugal, la abnegada aceptación del otro, el sacrificio de educar a los hijos, el compromiso comunitario, etc., valores que, por otra parte, están en las raíces de nuestra identidad cristiana y forman parte del imaginario social y político que recogía el grito de libertad en los albores de nuestra independencia.
Concluyo compartiendo con ustedes las palabras que dirigió el Santo Padre el pasado 5 de marzo a un grupo de jóvenes procedentes de culturas diversas que participaron de un seminario sobre "Doctrina social de la Iglesia y compromiso político en América Latina: para una nueva generación de católicos latinoamericanos en la política". En su reflexión destacó tres sectores emblemáticos que muestran un cambio de época en América Latina y que potenciarían construir un proyecto de futuro: “las mujeres, los jóvenes y los más pobres”. Las mujeres son significativas porque aportan esperanza: “la esperanza en Latinoamérica tiene un rostro femenino”. Los jóvenes, “porque en ellos habita la inconformidad y rebeldía que son necesarias para promover cambios verdaderos”. Y, en los pobres y marginados, “la Iglesia encarna su opción preferencial”. Estos tres actores “son protagonistas del cambio de época y sujetos de esperanza verdadera. Su presencia, sus alegrías y, en especial, su sufrimiento son una fuerte llamada de atención para quienes son responsables de la vida pública. En la respuesta a sus necesidades y demandas se juega en buena medida la verdadera construcción del bien común. Son un lugar de verificación de la autenticidad del compromiso católico en la política”, señaló el Papa.
Ante la Cruz de los Milagros, origen de nuestro pueblo correntino, renovamos el grito de ¡libertad!, y comprometemos todo nuestro esfuerzo en continuar trabajando por una sociedad cada vez más libre, más justa y fraterna, dispuesta al diálogo sincero, y empeñada en promover el bienestar de todos, empezando siempre por los más pobres y postergados. Que María de Itatí acompañe y proteja a nuestro pueblo y a sus gobernantes.
†Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes


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